Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La huella que una persona deja en la vida de los otros, está marcada por el manejo que hace de sus emociones.
Quienes viven en la grandeza se sienten auténticamente motivados por ayudar y servir a los demás, y construyen entornos donde vale la pena vivir. Pero quienes viven en la ambición sólo buscan mandar y ganar y crean escenarios llenos de conflictos y amenazas.
Lo curioso es que parece que nos hemos acostumbrado a vivir en el conflicto y la amenaza, a entregar el destino de nuestras familias, empresas y naciones, a aquellos que se promueven como vencedores.
En este orden de ideas, vemos como excepcionales e irrepetibles seres como Nelson Mandela o el Mahatma Gandhi que, inspirados por su compromiso con los demás, y a pesar de las persecuciones o torturas, desarrollaron un equilibrio emocional y una capacidad de transcender la adversidad que les permiten seguir ofreciendo caminos de conciliación y armonía.
¿Será que la turbulencia de las emociones negativas nos absorbe y arrasa con lo mejor de cada ser humano con la misma fuerza que el fuego consume un bosque?
No es raro, por ejemplo, que un hombre que se considera cariñoso y correcto, al menor error de un hijo arremeta contra la autoestima del joven y afirme cosas como: “sólo a un cretino como usted se le ocurre hacer eso, no sé a quién salió así”; o que un jefe que se ve a sí mismo como una persona asertiva y respetuosa, al sentirse presionado por el presidente de la empresa, le diga a su subalterno inmediato: “no quiero que me explique nada, no me importa lo que tenga hacer, quiero ese trabajo para ya y si es un incapaz, renuncie”.
Horas mas tarde, es posible que él mismo, al reflexionar sobre el trato que dio a su hijo, o a su subalterno, note que su conducta fue inapropiada.
Los que son capaces de trascender esta turbulencia y enfrentar con humildad las consecuencias de sus errores, notarán y valorarán el lugar que el hijo o el subalterno tienen en su vida presente y futura; se atreverán a excusarse y a reparar con sus acciones y como corresponde, el daño que han causado a los demás.
Es a esta clase de valientes a los que deberíamos otorgarles la confianza y poder de educar a nuestros hijos, de dirigir nuestras naciones y dejar huella en el mundo. Qué maravilloso sería que saliéramos del estado de adormecimiento de la conciencia que producen las emociones negativas y que nos conduce a confundir a los seres ambiciosos de poder y de dominio, aquellos que sólo buscan su propio engrandecimiento, que generan conflicto y amenaza con los verdaderos líderes de la humanidad.