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Desde niños soñamos vivir en un mundo donde la protección y la solidaridad sean un valor y una realidad.
Al oír las historias acerca de los mosqueteros cuyo legendario lema “Todos para uno y uno para todos” identificaba su compromiso de mutua ayuda o, los relatos acerca de acciones de la Cruz Roja cuyas brigadas trataban de salvar vidas sin distingos de raza, religión o partido político, anhelamos que nuestra familia, comunidad o nación viva bajo esos códigos de honor en los que la traición es impensable.
Sin embargo, la realidad nos demuestra que empeños de esta naturaleza solo pueden ocurrir en los seres más generosos y leales, en las almas que no conocen ni el miedo, ni el egoísmo y, que muy a nuestro pesar en una sociedad como la nuestra es difícil que las personas vivan con absoluta entrega y sin temor.
La ambición de poder y la necesidad de acumular han hecho que el ser humano se convierta en el peor enemigo para sí mismo. Desde la esclavitud, hasta los campos de concentración pasando por el secuestro en las selvas colombianas, hemos visto pasar delante de nosotros múltiples maneras de quitar el derecho a la vida y a la dignidad. Pero lo más aterrador es que los perpetradores de estos crímenes acusen de traición a los sometidos que se liberan y a quienes los ayudan, que se sientan autorizados a cuestionar los métodos utilizados para la recuperación de la dignidad. ¡Se creen legítimamente dueños de los esclavizados o secuestrados!
Curiosa y aberrante manera de pensar la de los esclavistas y los secuestradores. Sin embargo, la historia también nos cuenta que tarde o temprano todo tirano cae en las manos de aquellos a quienes sometió. Los héroes que derrocan abusadores son recordados por siempre y si tienen la tentación de erigirse en nuevos dictadores también conocerán el dolor de la “traición”.
Además, parecen pretender que la sociedad ignore que cuando un miembro de una familia está secuestrado no solo el dolor invade a la familia, el miedo se apodera de su cotidianidad y también la secuestra; que cuando hay una familia secuestrada el temor y la parálisis se apoderan de la sociedad y también esta se secuestra. Y que cuando una sociedad esta secuestrada el sufrimiento y la invalidez crean una suerte de complicidad sumisa con los captores que impide el acto de rebelión para decir: No más.
Es maravilloso formar parte de un grupo humano que se despierta para protestar contra la ignominia, para romper la parálisis que el miedo impone. Nos permite sentirnos como los legendarios mosqueteros o como si fuéramos miembros de una brigada de la Cruz Roja. Ser capaces de recuperar para la sociedad en que vivimos el derecho a ser soberanos sobre nuestra existencia y destino nos devuelve la conciencia del libre albedrío y de la solidaridad.
Hace tiempo un niño de apenas ocho años que padecía horrorosas pesadillas me decía: ni siquiera en mi propia casa estamos seguros, porque hay gente que pone bombas y además entra a las casas y se roba a la mamás, a los papás o a los niños y después no se sabe nada de ellos y todos se quedan callados.
Hoy me gustaría poder decirle: Ya no estamos callados y algunos ya regresaron. Todos saldremos a caminar para decir que el miedo ya no nos paraliza. Hay esperanza de que puedas dormir tranquilo.