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¿Cuántas historias tendremos que oír acerca del abuso atroz que a lo largo y ancho del planeta cometen los gobernantes poderosos contra las poblaciones vulnerables, los hombres contra las mujeres, el que domina contra el dominado, para que el dolor nos despierte a la compasión, madre de la libertad?
Nuestras tradiciones culturales, a pesar de lo que declaren, impiden el surgimiento de la compasión y más bien nos invitan a comportarnos como observadores mudos, frente a todas las formas de dolor y esclavitud que la dominación desencadena. A pesar de que el miedo es enemigo de la libertad y de la compasión, le hemos dado un lugar legítimo, nos parece fuera de toda duda una respuesta normal que se encarga de llenar la vida cotidiana de acciones ofensivas y defensivas. La consecuencia no es otra que la confianza y la independencia se diluyen en las luchas por el control sobre el otro. Todos podemos relatar la multitud de pequeñas amenazas que inundan con emociones negativas el día a día, desde los compañeros de curso que no nos aceptan, hasta la colega que considera que la agresión o el grito lejos de buscar nuestro sometimiento son maneras de negociar, pasando por el cónyuge que cree tener derecho a molestarse cuando no estamos de acuerdo. De tal forma que el miedo a perder el afecto, la aceptación o la vida misma se convierte en la emoción con la que se teje la convivencia. Coexistimos atacándonos y defendiéndonos sin notar que, precisamente, esta dinámica que mira como normal la parálisis, la huida y el ataque es la semilla de la violencia que nos aterra. Solo cuando al establecer relaciones en las que la construcción de la confianza sea tratada como un objetivo precioso, la conservación de la libertad como imperativo ético y la compasión, quinta esencia de la empatía, se hagan presentes para saludar o decidir vivir con otro, la humanidad logrará salir de la oscuridad en la que desde hace mucho estamos viviendo. Recordemos que la compasión nos invita a una convivencia que pedirá lo mejor de cada uno de nosotros.