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La conciencia cambia el destino por libertad

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La expresión “a mayor conciencia, menor destino, y a menor conciencia, mayor destino” nos advierte que si elegimos calmar el conflicto inmediato nos mantendremos apegados a la dependencia de la programación cultural o familiar.

Seremos autómatas que renuncian a la responsabilidad de dirigir el rumbo de los hechos.

Para ser creadores de la propia vida, cuidadores de la naturaleza y constructores de la sociedad, necesitamos iluminar con amor y con valor cada una de nuestras acciones, es decir, ser conscientes de quiénes somos, cuáles son nuestros orígenes, desde qué creencias entendemos el mundo y cuáles son las dinámicas afectivas que gobiernan nuestras acciones.

Ser conscientes no parece fácil en una sociedad que nos invita a reaccionar con miedo al dolor y a la desaprobación y, en ocasiones, preferir callar o mentir para evitar una consecuencia inmediata, aunque el problema posterior sea más complejo. Sin duda, al decidir, consciente o inconscientemente, inclinamos la balanza hacia la libertad esencial o hacia la sumisión urgente.

Edipo, a los 14 años, al enterarse de que el oráculo de Apolo predijo que mataría a su padre y compartiría el lecho con su madre, preguntó a Peribea si él era su hijo adoptivo. Ella calló la verdad y le aseguró que él era su hijo biológico. Edipo huyó y en un cruce de caminos mató a un anciano. Luego descifró el enigma de la esfinge y se hizo merecedor a casarse con la reina Yocasta, su madre biológica.

Más adelante, al preguntarse por el origen de las desgracias del reino, develó su historia y su origen. Layo, su padre, advertido por el oráculo de que su hijo le daría muerte y se convertiría en el esposo de Yocasta, pretendiendo evitar este destino envió un emisario a matar al niño. El hombre lo abandonó y el bebé llegó al hogar de Polibio y Peribea, que lo adoptaron.

Cada vez que elegimos callar la verdad para evitar un dolor inmediato, sembramos un camino tortuoso con consecuencias más graves que el dolor evitado. Cada vez que desconocemos el poder transformador de la conciencia nos acercamos inexorablemente al lugar de la víctima. Si Layo hubiera confiado en su capacidad de educar a su hijo en el amor o Peribea, valiente y amorosa, hubiera informado a Edipo sobre su origen, hoy los recordaríamos trascendiendo libremente su suerte y no como los protagonistas víctimas de la fatalidad.

La verdad abre la conciencia iluminando con amor el dolor inevitable y cambia el destino por la libertad.

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