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“Que en río revuelto ganancia de pescadores” o “que la ocasión hace al ladrón” son dichos populares que nos invitan a creer que nadie tiene que responder por las consecuencias de sus acciones y, más grave aún, que las conductas oportunistas no tienen consecuencias para la vida de los otros.
Ojalá eso fuera así. Porque entonces la corrupción, la quinta esencia del oportunismo, no giraría contra los bolsillos de los contribuyentes, en el menos grave de los escenarios, ni en contra del hambre y la escasez de los más pobres, en el más aterrador de los escenarios.
¿Hasta cuándo vamos a vivir el ciclo perverso que nos lleva desde el miedo a la escasez hacia la ambición, y desde ella hacia la corrupción, cómplice de las violencias y atropellos que aseguran en el poder a los oportunistas?
Y es que, nuestra confusión entre las emociones destructivas, aquellas que institucionalizan los antivalores y las emociones constructivas es de tal grado que aceptamos, por ejemplo: que la venganza que se lleva por delante a los enemigos es el legítimo derecho a la defensa, que la ambición que justifica los medios es la normal competitividad de los que creen que el mundo es de los vivos, que la envida que pone zancadilla al mejor y logra encumbrar al mediocre es la astucia de quien tiene olfato político o, más cotidiano, que el miedo que somete las voluntades de los que no quieren actuar haciendo daño es la expresión del débil frente al poderoso.
En este orden de ideas los comprometidos con el servicio a los demás, los capaces de ser generosos y de colaborar, serán vistos como ilusos fracasados. No de otra manera se entiende que lleguemos a una situación en la que la punta del iceberg son los 48.000 empleados públicos que están siendo investigados por corrupción en Colombia, según lo denuncia Alejandro Ordóñez, procurador general de la Nación.
Que destino tan diferente tendría el país y nuestros hijos si estos 48.000 empleados, porque viven las emociones constructivas, porque se dedican a innovar, porque cooperan y se hacen expertos en sus trabajos, porque son capaces de ver más allá de lo inmediato y se dedican a construir el futuro, hubieran sido premiados como los más honestos y responsables del mundo.
Entonces, viviríamos en una nación donde la escuela del pueblito más olvidado tiene buenas instalaciones y maravillosos maestros, donde los hospitales tienen los mejores equipos además de médicos bien pagados, etc. Digámoslo claro, la corrupción es más grave que la guerra, crea más escasez. En cambio, la honestidad y el compromiso con el servicio harían posible la prosperidad individual y colectiva.