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La cotidianidad: gran maestra

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“Cuando el discípulo está listo, el maestro aparece”. Los seres sabios lo son porque aprenden; los necios lo son porque se aferran a sus propias maneras de ver y sentir, aunque la realidad les muestre su equivocación.

Los discípulos reconocen en el otro y en lo que sucede la presencia de un maestro; los obstinados y arrogantes se guían exclusivamente por su propio entender y se ufanan de no necesitar a nadie.

La cotidianidad, por increíble que parezca, es una fuente de aprendizaje continuo. Todo lo que nos sucede es una lección. ¿Cómo saber si estamos asimilando la experiencia para crear sabiduría o si, por el contrario, vamos por la vida sin descifrar su sentido?

Bastaría con distinguir si buscamos competir para dominar, para tener poder sobre el otro, o si cooperamos para crear abundancia. Sin embargo, discernirlo no es fácil. Nuestras creencias acerca del día a día de las relaciones convierten el poder que tenemos sobre el otro en un símbolo de prestigio; en consecuencia, perdemos el rumbo.

En cada conversación, sencilla o compleja, buscamos, en ocasiones sin darnos cuenta, establecer una jerarquía, definir quién manda o quién es mejor, antes de privilegiar la conexión de los recursos y la vulnerabilidad del otro para caminar con él.

Lo grave es que esta manera de conversar nos impide ser aprendices de la humildad, condición ‘sine qua non’ para convertirnos en discípulos del amor.

¿Sorprendente? Recordemos que la humildad nos indica que cada uno tiene un lugar único y digno en el universo y que sólo desde allí nos conocemos para cumplir con la propia misión. Cada encuentro cotidiano, cada obstáculo o conflicto, cada persona que se cruza en nuestro camino es una oportunidad que da luces acerca del sentido de nuestra propia vida.

La humildad nos invita a honrar al otro y todo lo que sucede sin importar si el evento nos duele o nos alegra, si es el amor por el que hemos esperado. si es la noticia de que la relación se termina, si estamos frente a alguien que, desde sus interpretaciones o sus prejuicios, distorsiona lo que somos para acusarnos o denigrarnos. O si la empresa a la que le dedicamos la vida fracasa, lo mismo que si nuestro negocio es tan pujante que su progreso es imparable.

Lo claro es que las lecciones de la cotidianidad van más allá de la incomodidad o la sensación de éxito: son la clave que la vida nos ofrece para que ocupemos ese lugar único en el que podremos encontrar la realización que garantiza sintonizarnos amorosamente con la misión.

La gran bendición es la cotidianidad. Ésta nos ofrece los maestros que nos convierten en aprendices de lo esencial.

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