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Aunque todos queremos ser felices, nuestras tradiciones se encargan de que nos quede claro que la felicidad, en el mejor de los escenarios, es efímera.
Y en el peor, ni siquiera existe. Lo que nos queda, entonces, es resignarnos a vivir buscando experiencias que nos anestesien el dolor del ideal perdido.
La sensación de poder, uno de los calmantes más usados en nuestro medio, puede surgir en el intento de ser rico a cualquier costo, pasar por la creación de una apariencia que engaña a todo aquel que nos rodee, hasta pretender, frente a nuestra familia o a la sociedad, que la realidad es como uno la ve, y no como los otros la viven.
Qué distinta sería la vida de las familias y de las naciones si nos atreviéramos a pensar que la felicidad es un imperativo moral personal y colectivo, que requiere relaciones sociales y familiares en las que el perdón y la compasión sean acciones presentes en cada uno de nuestros comportamientos.
En estas circunstancias, sería inaceptable un cónyuge celoso, un colegio que fomente la obediencia inhibiendo la creatividad o un proyecto político que nos lleve a la guerra. Todas estas falsas alternativas, que conducen al desastre, activarían nuestra capacidad de ser solidarios, compasivos e incluyentes, en lugar de validar el atajo que reza: cuando acabemos con el enemigo, seremos felices.
¿Será que la creatividad y el amor pueden transformar en oportunidades de libertad y autorrealización los callejones sin salida que crean las conductas atávicas? Una maestra de Bogotá me relató su historia: “Soy soltera, me siento feliz de enseñar en los barrios más desamparados. Hace tiempo me pareció que tenía suficientes recursos para adoptar a un niño.
Las entidades encargadas de cuidar a la infancia no consideraban que una mujer soltera y con salario de maestra fuera una oportunidad de felicidad para un pequeño, pero me permitieron ser madre de uno más grandecito. Como hoy él es estudiante de una Facultad de Educación, pensé que en la jornada que tenía libre podía regalar mi trabajo a una comunidad.
En principio, desconfiaron, creyeron que tenía intereses oscuros. Pero eso ya pasó y soy feliz cada vez que esos niños pueden aprender, crecer y confiar”.
Ser padre o dirigente puede ser una tarea que se realice lejos de las veleidades anestésicas del poder y cerca del camino de la felicidad, que no es otra cosa que el quehacer humano en el que la lealtad, el servicio y la honestidad dan cuenta de nuestro valor. Si así lo hacemos podemos construir un futuro en el que el poder y la guerra sean una forma de vida remota.