Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Resulta encantador recordar que durante la primera infancia teníamos amigos íntimos, ellos eran quienes conocían todas nuestras verdades y secretos.
Sabían que soñábamos con ser campeones de bicicleta cuando todavía no teníamos ni bicicleta, que creíamos que nuestros padres eran héroes y que buscábamos gnomos debajo de las raíces. Con ellos teníamos pactos para guardar grandes secretos como: quién era el niño o la niña con la que nos casaríamos, que sufríamos cuando nuestros padres se peleaban o que sentíamos vergüenza porque no se nos daban algunas materias.
Era claro, la intimidad se trataba de compartir con otro verdades que anidan en nuestro corazón y que relatan sueños o proyectos, tristezas o alegrías, triunfos o fracasos, en la confianza de que el propio valor no se altera si en una circunstancia somos torpes y, en otra, poco agraciados.
Y más importante aún, no se tomará ventaja de nuestras debilidades, no hay interés en tener poder sobre nosotros.
Dolorosamente, al comienzo de la adolescencia y de allí en adelante, el mundo cambia. La competencia, razón de ser de la cultura patriarcal, invade el ámbito de las relaciones y se convierte en obstáculo para el florecimiento de la intimidad.
Esta variación es tan profunda que, para los adultos, la intimidad será un sinónimo de relaciones sexuales. Así cuando alguien dice: “Con tal persona comparto mi intimidad”, la mirada maliciosa de los otros le forzará a aclarar —no somos amantes, solo amigos—.
La intimidad o la confianza que nos permite desnudar el corazón, además de ser el fundamento de las relaciones en pareja y de familia, lo es también de una convivencia social creativa y justa.
Compartir la intimidad nos invita a “sintonizarnos en el rol de cuidar y cuidarnos”, a ser capaces de encontrar maneras para que ningún ser humano muera de hambre ni en La Guajira ni en África.
Competir, en cambio, nos compele a “sintonizarnos en la dinámica de ganadores y perdedores nos obliga a convertirnos en depredadores inmisericordes”. Implica que en cada interacción sea imperativo determinar si eres líder altivo o seguidor sumiso, bien se trate de algo sencillo, como lavar la loza de la comida, o de algo complejo, como explotar una mina de carbón.
Competir es una adicción que divide a la humanidad en dominantes y dominados.
Recuperar la intimidad, el espacio que desnuda nuestras verdades acogiendo fortalezas y vulnerabilidades, despierta la grandeza del alma.