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La libertad: corazón de la dignidad

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Honrar la libertad es la vía para crear el corazón del camino interior y la convivencia amorosa.

Aunque lo que nos sucede tiene una razón de ser aparente o inmediata, la existencia de la comunidad humana tiene un gran propósito: darnos la oportunidad de aprender a privilegiar, en simultáneo, la libertad del otro y la propia.

Cada vez que, de manera evidente o sutil, pretendemos que el otro se subyugue a nuestra voluntad caprichosa o a nuestro “sabio” criterio, nos llevamos por delante su dignidad.

Dado que nuestra cultura tiene una larga tradición según la cual ser dominante es una cualidad deseable que caracteriza el liderazgo y, complementariamente, ser obediente una virtud que caracteriza al buen hijo, al diligente alumno o al cónyuge cuidadoso, hemos terminado por ser cómplices de la negación del libre albedrío y nos sentimos agradecidos por ello.

Así, desde la madre que con la mejor intención quiere persuadir al hijo o la hija de que lo que mas le conviene es dejar esa pareja o escoger tal profesión, hasta el amigo que pretende convencernos de que hagamos una sociedad con él porque según su claro entender vamos a ser millonarios; pasando por las imposiciones más evidentes, como la del hombre que somete a una mujer a su deseos o el jefe que supone que el saber de sus colaboradores no puede estar por encima de su autoridad. Todos creen que dominar al otro es un derecho o, peor aún, un bien que se le hace al incapaz.

No importa qué tan fácil parezca doblegar o seducir la voluntad del otro. No interesa qué tan sutil o provechoso sea el intento de convencernos o presionarnos; esta maniobra es, precisamente, el punto en donde el bien se convierte en mal, el amor en ejercicio del poder y el respeto se transforma en invasión.

En nuestra vida diaria, afirmar que “no estoy de acuerdo” no se entiende como la legítima expresión de una perspectiva diferente. Aceptar un no por respuesta, parece ser un reto a nuestra autoridad. Estas declaraciones dan lugar al inicio de una confrontación o de una estrategia de convencimiento.

Qué mundo tan generoso habitaríamos si estos enunciados nos invitaran a decir “gracias por recordarme que mi visión personal es sólo eso, mi propia mirada” y no un criterio de verdad. O “qué maravilloso es saber que, más allá de mis creencias, hay opiniones diversas que abren nuevas posibilidades”.

Escoger el propio destino desde nuestro corazón es la única condición para que nuestro destino se construya en la dignidad. Las opiniones sólo han de invitar a la reflexión, a la exploración de nuevas posibilidades para que florezcan el camino interior y la convivencia AMOROSA.

*María Antonieta Solorzano

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