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Dotar nuestro día a día de sentido nos pide apartar la mirada de la sombra con la que el pasado nubla la comprensión del presente
Despedirse del pasado es un imperativo, aun si, como el poeta Bueza, tenemos que decir: “Te digo adiós y acaso te quiero todavía”.
Comenzar un año es una oportunidad para iniciar nuevos ciclos, para ir mas allá de los límites conocidos.
Sorprende que, aunque nos lo proponemos, no siempre lo logramos. Al darnos cuenta de que una etapa ha llegado a su final, nos resistimos a abandonarla; las cosas buenas y las que no se consiguieron funcionan, por igual, como anclas. Pero permanecer en el ayer no es inocuo, crea, además del daño emocional, una lesión espiritual.
Es fácil imaginar lo desastrosa que sería la vida del niño que, al terminar su época de jardín infantil, se opusiera rotundamente a entrar a la primaria o la de la persona que al bordear los cincuenta se siente como un adolescente. Un poco más difícil es delinear el futuro del joven que se apega a sus padres para poder cuidarlos: como no afirma su autonomía, detiene su desarrollo, su acontecer seguramente será triste, pero la costumbre cultural lo interpretará como un buen hijo y nadie quiere ser visto como un mal ser humano.
En el contexto emocional, si no se abrazan los retos y metas que la siguiente etapa trae, será difícil madurar; en el nivel espiritual, se encarcela el alma en un ego limitado que no vuela soberano hacia el asombro ni hacia la aventura de explorar el porvenir.
Repito: la gratitud o el miedo al cambio pueden llevarnos a aferrarnos a una etapa más del tiempo necesario. La atención y la conciencia parecen dirigirse a la incertidumbre que acompaña dicha evolución… Como si, al crecer, camináramos al borde de un precipicio en el que un paso en falso nos abocaría a un desenlace fatal.
Es claro que las transiciones nos exigen activar recursos para encontrar el nuevo equilibrio y valor para asumir las incertidumbres y riesgos. Lo venidero nos impulsa a sostener la mirada firme en aquello que está naciendo en nosotros.
Al final de un ciclo se requiere grandeza para bendecir el dolor atravesado; gratitud por lo aprendido; esperanza para avanzar ligeros de equipaje hacia el porvenir, lugar donde la vida nos mostrará la plenitud que nos tenía reservada.
María Antonieta Solórzano*