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¿La razón ayuda a la verdad?

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Aunque estemos convencidos de que tener razón es un camino seguro hacia el encuentro con la verdad, resulta que precisamente el intento de tener la razón no sólo nos la hace esquiva, sino que nos lanza en la espiral destructiva del fundamentalismo, cualquiera que sea.

Atrevernos a buscar la verdad es un acto de rebeldía espiritual, una aventura emocionante y peligrosa, pues ella sólo nos dejará vislumbrarla cuando hayamos renunciado a poseerla. Abandonar la esperanza de las certidumbres es un acto de humildad que renuncia a la fantasía de ser omnisapientes.

Ocurre que como nuestros cinco sentidos son limitados, no vemos toda la luz que existe, no oímos los infinitos sonidos, no olfateamos la gama completa de los olores, etc. En resumen, la percepción nos engaña. Además, si tenemos en cuenta que nuestras creencias afectan la interpretación de las experiencias, notaremos que las opiniones y convicciones con las que fundamentamos nuestras certezas sólo nos permiten reconocer fragmentos de la “realidad”.

Si aceptamos esto con sencillez habremos dado el primer paso hacia el encuentro con la verdad. Derrumbar la certeza de que podemos percibir la realidad, a pesar que es un duro golpe al orgullo personal, es lo que nos conecta con la sabiduría.

Asimismo, aunque toda decisión en tanto incierta podría paralizarnos, es la circunstancia en la que el valor y la pasión despiertan al héroe que habita en nosotros.
La conciencia de que siempre tenemos puestos unos lentes nos invita, entonces, a la experiencia de vivir en la empatía y en la sorpresa. Es necesario comparar los lentes, es urgente que el otro nos cuente lo que ve, desde donde lo ve, que hace que sea tan distinto. Es imperativo maravillarnos ante la diferencia que aumenta el colorido de nuestro paisaje.

Para que esto ocurra en la convivencia diaria será necesario transformar nuestras conversaciones. En ellas, lejos de pretender que nuestra opinión es la verdad revelada, consideraremos un honor explorar cuidadosamente lo que el otro ve. Ampliar nuestra mirada hasta incluir la del otro se considerará fundamental para acceder a la elusiva verdad.

Y es que hemos sido educados para sentirnos valiosos si tenemos razón y probar que el otro está en error y merece castigo, y aunque como sociedad humana hayamos protagonizado horrores como la inquisición, el holocausto o nuestra historia de violencia, podemos legarles a nuestros descendientes una nueva forma de vida.

Por un lado, es importante tener la conciencia de que nuestras verdades son parciales y, por lo tanto, ninguna puede justificar un acto de violencia. Tener la razón no autoriza denigrar a nadie y por otro lado la conciencia de la incertidumbre nos hace tolerantes, empáticos y capaces de responder por el futuro de la humanidad.

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