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Lo político: ¿imperativo ético?

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El corazón y el espíritu se perturban cuando no vemos claro el camino a seguir. Nuestro futuro individual y colectivo pende de un hilo, pues tenemos el reto de encontrar un camino que, en simultáneo, nos permita honrar la libertad, la justicia y la responsabilidad, para trascender las diferencias políticas y sociales.

Una vía nos habla del perdón y la reconciliación, de hacer del enemigo un aliado —con todas las consecuencias que ello implica— y con la esperanza de construir en paz un futuro compartido, más allá de las diferencias. Otra ruta nos dice que la justicia requiere la reparación de los daños y que el castigo e incluso la aniquilación del perpetrador son alternativas legítimas.

Desde esta última perspectiva, cada una las partes del conflicto se ve a sí misma como la voz de las víctimas y al otro como el victimario. La confrontación armada, con todas sus consecuencias, se plantea como una solución.

Nuestras tradiciones culturales acerca del lugar de lo espiritual y de lo político nos dificultan ver que ambos contextos están interconectados. Sin embargo, la participación en lo político es, desde la esfera de lo espiritual, un imperativo ético, ya que afecta el sentido de vida y el destino propio y de los otros.

Cuando suponemos que el ámbito de lo político se regula desde creencias más bien pragmáticas, en las que, por ejemplo, nos invitan a imaginar que el ojo por ojo y diente por diente nos habla de la justicia, o que los intereses individuales están por encima de la colectividad, y que, además, lo inmediato se lleva por delante el futuro, sólo se plantea un compromiso con lo urgente. No es raro imaginar que lo político no sea actividad para quienes buscan la trascendencia.

Por otro lado, cuando suponemos que la vida espiritual regula principalmente las conexiones entre la persona y el mundo del más allá, y que se trata de exponernos a la violencia sin defender ningún principio, de poner la otra mejilla sin chistar, también llegamos a la conclusión de que esta ruta es sólo para santos y mártires.

Sin embargo, si aceptamos que cada uno de nosotros ocupa un lugar único y significativo en la existencia de la comunidad a la que pertenecemos y que, en consecuencia, nuestras decisiones importan, vemos claro que nuestro actuar está espiritualmente vinculado al de los demás.

Entendemos entonces que expresar con cuál camino nos parece posible construir una convivencia que honre la dignidad, la justicia, la responsabilidad y el amor se convierta en un imperativo ético del camino interior.

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