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Hemos ido aceptando que con tal de conseguir dinero y poder, prácticamente se vale cualquier método. Excepto robarle al que ya tiene suficiente.
¿Cuanta muerte, cuanta pobreza, cuanta injusticia vamos a tener que ver para entender que este es un camino equivocado en la construcción del progreso de la humanidad? Cada ser que existe tiene una función en el equilibrio de la vida. Este se construye en un ciclo permanente donde lo nuevo se establece si sirve a la evolución; o se rechaza precisamente porque la daña.
Hace tiempo, en la historia de la vida, unos primates cambiaron y se creó la humanidad. Más adelante, ocurrió un momento en el que ellos comprendieron su capacidad de transformar el medio en que vivían y crear condiciones cómodas. Así, surgió el trabajo como un actuar individual y colectivo y se estableció como un principio al servicio del progreso de la humanidad.
Sin embargo, la sociedad humana, al sentir miedo de la escasez y de la muerte, creó una peligrosa salida: confundimos nuestro ser con las cosas que nos rodean. Valoramos lo que somos en función de la riqueza material que acumulamos. En consecuencia, aprendimos a aferrarnos a los objetos y luchar sangrientas batallas hasta la muerte con tal de no perderlos jamás. Quiero conquistar la Tierra, le contestó Alejandro Magno al sabio Diógenes cuando éste le preguntó ¿Qué quieres de la vida? Entonces, Diógenes lo miro bien, de arriba abajo, y le dijo: Para qué, si tan solo necesitas un metro y medio. Alejandro Magno, el gran conquistador, medía un metro y medio de estatura.
Es grave que tanto los líderes legítimos como ilegítimos sean seguidores de Alejandro Magno. Es delicado que la reflexión sobre los valores esenciales como el amor en términos de solidaridad con la humanidad y de responsabilidad con el futuro, sean una conversación para “perdedores”. También lo es que el amor en términos de seducción, posesión y conquista, sea el credo de los ganadores.
Pero es enfermo y degradante que la conversación sobre la riqueza, en términos de crear prosperidad y bienestar para todos, sea de los ilusos y de los utópicos y que la conversación sobre la fortuna como una acumulación de poder personal sea, precisamente, el credo de los que mandan.
Al morir nada nos llevamos de esta tierra. En cambio, sí dejamos en ella todas las consecuencias de nuestras acciones. Ojalá despertemos para decidir dejar como herencia a las generaciones que vienen el compromiso con la prosperidad y solidaridad para todos.