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El dolor del encierro solidario tiene una finalidad que lo justifica: detener el ritmo de propagación del Covid-19 y permitir la ampliación del sistema de salud. Sin embargo, la humanidad es una especie migrante, en consecuencia, los costos emocionales del confinamiento son significativos.
Desde el comienzo de los tiempos las comunidades humanas, sobrevivían andando, desplazándose sobre territorios amplios, la búsqueda de los recursos para mantenerse estaba ligada al movimiento, a la exploración y, desde luego, a la cooperación. En nuestro inconsciente colectivo o en nuestro ADN seguimos necesitando libertad de movimiento y contacto.
En el momento histórico en el que los humanos comienzan a quedarse en solo lugar surgen transformaciones en la manera de sentir, pensar y vivir. Ahora, el sustento depende de la posesión de un territorio, entonces la capacidad de explorar y la confianza basada en la cooperación se truecan por la “habilidad” para dominar, explotar y acumular.”
Estas “nuevas destrezas” con sus consecuencias sobre la dignidad de las personas cambiaron la ética de las interacciones humanas. La división entre dominantes y dominados con su inherente inequidad entre derechos y deberes promueve la escasez de muchos y la prosperidad de pocos. Así, las cosas aparecen un orden legal que regula la propiedad, dominación y explotación de los territorios y convierte los nuevos hábitos en costumbres humanas.
En este orden social el miedo, la desconfianza y la inseguridad campean, los liderazgos autoritarios se auto justifican, la libre determinación y la autonomía son mas una aspiración que una realidad. Por la tanto, el bienestar no es ni un bien común, ni una manera de convivencia. La pobreza, el sufrimiento y la violencia están a la orden del día. Es en este escenario donde nos sorprende la aparición de Covid-19, pidiéndonos una nueva renuncia en la libertad de movimiento y en el contacto amoroso.
Movernos es inseguro, aislarnos nos depriva emocionalmente, somos dependientes de las caricias y los abrazos y, económicamente confina la productividad. La autonomía afectiva y financiera esta coaccionada.
Recuperar la dignidad de la cooperación como modo de vida se hace urgente. Aportar y recibir, apreciar y ser apreciados son por excelencia los antídotos de la violencia, son las acciones que nos permiten reequilibrar la autoestima, recuperar la confianza y la productividad.
El confinamiento le ha quitado a muchos su posibilidad de ser autosuficientes, entonces el corazón humano, ya suficientemente endurecido por los siglos de normalización de la vida en modo dominante/dominado, ha de abrirse y reconocer que la supervivencia de la humanidad y el cuidado el planeta es la única tarea que hoy tiene que vincular a los líderes y a los ciudadanos de cualquier rincón de la tierra o de cualquier ideología.