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Cada etapa de la vida propone un reto. Cada etapa sucede a otra de manera permanente.
Pero los puntos de transición entre una y otra requieren esfuerzos adaptativos importantes, tanto, que no es raro ver que los individuos o los grupos, en esos instantes, sientan miedo del cambio y se aferren a la situación anterior.
Las consecuencias de detenernos en una etapa no pueden ser más graves. Por ejemplo, una mujer dedicada a la crianza de sus hijos, pendiente hasta del más mínimo detalle, puede experimentar temor al verlos crecer, sentir de manera anticipada que se va a quedar sola. Esta circunstancia, por increíble que parezca, puede ser percibida por los hijos que, en un acto de lealtad inconsciente, van a retardar su entrada en la adultez.
En la historia de las naciones puede ocurrir otro tanto. Por ejemplo, cuando alguna llega a una etapa de crecimiento en la que le correspondería resolver sus conflictos a través de un diálogo constructivo, puede detener su desarrollo y regresar a etapas más primarias, en las que la fuerza antecede a la palabra.
Estas situaciones paradójicas, en las que avanzar o detenerse son alternativas con potencial demandante y doloroso, hicieron que sir Bernard Shaw afirmara que el ser humano tiene dos desgracias: una, no lograr lo que se propone, y otra, lograrlo.
Así que a nuestra madre dedicada sólo le que queda darse cuenta de que la maternidad, como actividad de cuidado diario, tiene un tiempo límite y que después toda mujer ha de descubrir cuál es el lugar que quiere en el mundo. Y, para que en nuestra nación violenta transite hacia la construcción de acuerdos incluyentes, le corresponde encontrar el rumbo hacia la madurez y la prosperidad, recorrido que se hace de la mano de la pasión por los valores y el respeto por el otro.
Recordemos: elegir detenernos entre una etapa y otra sólo nos lleva al dolor de experimentar que como nada se queda quieto, lo que no progresa involuciona irremediablemente. Sólo avanzar nos dará frutos.