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Vivir en la grandeza… un imperativo

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Hay momentos y situaciones que tienen el poder de inspirar grandeza en el alma, y tener la oportunidad de estar presente en esos instantes constituye un privilegio o un milagro; porque a pesar de que todos somos capaces de guiar nuestras acciones y alcanzar la grandeza, muy pocos se atreven a hacerlo.

Nuestra historia cultural ha hecho del miedo al dolor la emoción más cotidiana. Tal como le ocurrió a Essau, el personaje bíblico, quien para evitar el sufrimiento que le producía el hambre entregó sus derechos a la primogenitura. Esto nos sucede a diario, evitar el padecimiento se ha convertido en una costumbre que se nos enseña desde niños, así con tal de escapar al contacto con el dolor renunciamos a la libertad, a la autonomía o, peor aún, nos convertimos en cómplices del abuso y el maltrato al otro.

Nelson Mandela, cuya historia está en la cartelera de cine por estos días, es uno de esos seres que no permitió que su alma fuera doblegada por el dolor. En su patria, el Partido Nacional institucionaliza la segregación racial creando el régimen de apartheid. Él, con la inspiración de Gandhi, propugnó, al inicio, métodos de lucha no violentos.

Defendiendo su causa fue llevado a prisión durante 27 años. Allí, cuando se sentía a punto de desfallecer, levantaba su alma inquebrantable recordando el poema Invictus, escrito por William Ernst Henley: “En la noche que me envuelve negra como un pozo abominable yo agradezco al dios que fuere por mi alma inconquistable”.

Mandela sale de la cárcel en 1990. Él y De Klerk negocian el proceso de democratización y comparten el Nobel de Paz en 1993. Para 1994 Mandela es el primer presidente negro e inspirador y ejecutor de la política por reconciliación, con el antes enemigo opresor.

En general, pensamos que todo aquel que tiene en sus manos las decisiones sobre el destino de una nación, de un pueblo o de una familia es indudablemente un líder. Sin embargo, es el uso que quien manda hace del poder y del perdón lo que diferencia al líder que piensa, siente y actúa desde la grandeza de aquel que lo hace desde los mezquinos o mediocres intereses del poder.

La ambición convierte a un líder en tirano ególatra a quien muchos temen y otros adulan, cuya influencia no va más allá del lapso de su propia vida. En tanto que la grandeza para enfrentar la adversidad y el enemigo convierten al que manda en un líder servidor del amor y de la reconciliación, que inspirará para siempre a los hombres y mujeres que se atrevan a vivir sin miedo.

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