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UNA VEZ LAS FIESTAS DE DICIEMbre, la Feria volcada a la calle se convierte en territorio de encuentro en una ciudad rota y dividida por abismos sociales, como es Cali y los son todas las ciudades de Colombia.
Este año el alcalde Jorge Iván Ospina se propuso colonizar con el alumbrado navideño una zona deprimida y estigmatizada por el hampa y la marginalidad para forzar a la gente a verla de otra manera. Retomó la vieja carrilera del tren, abandonada y en desuso, que atraviesa barrios acechados por la pobreza y la convirtió en pasaje iluminado que invita al encuentro de unos con otros, los que en la vida cotidiana ni se rozan.
La Feria, desde el espacio público y de la mano de la música, especialmente de la salsa, se convierte en el vaso comunicante, el canal de comunicación, logra lo que no ha conseguido la política: superar la polarización y el resentimiento. En el Salsódromo, con el que se da inicio a la festividad decembrina, también se deshacen las barreras. Durante seis horas desfilan grupos de muchachos de las barriadas, bailando, llenos de gracia y destreza. Son 60 las escogidas para participar en el recorrido. Una maratón de grupos juveniles innovadores en su estilo de bailar, creativos en vestuarios y coreografías, que reflejan lo profundo de una tradición que se ha ido perfeccionando en las más de 400 escuelas de salsa, formadas espontáneamente en los barrios populares de la ciudad. El desfile salsero es hijo de al menos dos generaciones de caleños bailando, sin que nada las detenga, como si la salsa se hubiera convertido en una forma de resistencia a las tensiones, el deterioro, la violencia y la depresión que ha vivido Cali. Es otra Cali la que baila, una Cali viva que no da el brazo a torcer ni ante la peor adversidad.
Hace más de 40 años negros, blancos, mestizos, emigrantes y raizales se reunían en Juanchito, en el Abuelo Pachanguero, en Jonka Monka a hacerle eco a una corriente musical que llegaba desde Nueva York y Puerto Rico con los LP de Richie Ray, Willie Colón, Héctor Lavoe, La Fania y Celia Cruz, que desembarcaban en Buenaventura y se caleñizaban en las casetas de la Feria de Cali. Una efervescencia que recrearon plásticamente en los años 70 María Paz Jaramillo, Pedro Alcántara Herrán, Óscar Muñoz, Éver Astudillo, Fernell Franco. Andrés Caicedo, quien con su novela ¡Que viva la música! en la que adolescentes “burguesitos del Nortecito y el Oeste” irrumpían en el mundo prohibido de la salsa, anticipó esa fractura social que con los años tomó la forma de una crisis dramática, de la que se ha ido saliendo y que la música y el baile llegado de ese mundo antes prohibido ayudan a sanar.
El alcalde Jorge Iván Ospina ha logrado interpretar ese sentimiento caleño alrededor de la salsa como reinvención de una identidad perdida, capaz de reconstruir puentes rotos y curar heridas. Ha volcado esfuerzos y recursos para fortalecer y permitir que las expresiones culturales populares tomen forma y se masifiquen. Le ha devuelto a Cali la posibilidad de expresar una alegría perdida, se ha logrado sintonizar con el alma popular que explican su 73% de popularidad, del que nunca ha descendido en sus tres años de gobierno.