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Ciudades rotas

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LA INVERSIÓN EN OBRA PÚBLICA EN medellín es notable. Megaproyectos arquitectónicos que han permitido recuperar zonas deprimidas de la ciudad, en el eje la Calle Carabobo.

Ese fue el Medellín que sorprendió a los visitantes de la Asamblea del BID: el centro de convenciones Plaza Mayor, el Parque de los Pies Descalzos, el Parque Explora, el Jardín Botánico, acompañado de nuevas unidades de vivienda construidas en lotes del municipio y terrenos antes ocupados por talleres e instalaciones de fábricas ya desaparecidas, en el epicentro de la propuesta de renovación urbana de la alcaldía de Sergio Fajardo. Verdaderos espacios públicos con áreas generosas para recorrerlos o simplemente vivirlos en la tranquilidad de la tarde. Nacidos de los sueños y proyectos de planificadores y arquitectos, de dotar a la ciudad de lugares para el encuentro humano y la convivencia social, a semejanza de las ciudades europeas donde en las ramblas, los parques y bulevares se encuentran gentes de todos los estratos sociales, étnicos y culturales.

Nada de esto ocurre en Medellín, a pesar del innegable esfuerzo de las megaobras urbanas, ni en Cali, ni en Barranquilla, ni en Montería, ni en Bogotá. Todas ellas ciudades rotas. Ciudades carentes de tejido social integrador, llenas de muros invisibles, de barricadas socioculturales, atravesadas por abismos económicos y culturales infranqueables que terminan por formar verdaderos guetos, cercados por la desconfianza. Ciudades rotas por linderos invisibles pero efectivos que hacen las veces de muros de contención. Muros de segregación y de miedo que terminan por segmentar a las ciudades, privatizándolas, ahogando cualquier posibilidad de construir ciudadanía.

Los sectores más pudientes se autoexcluyen en edificios y condominios, detrás de porterías vueltas búnkeres, con vigilancia privada que ven un sospechoso en todo peatón. Sus barrios son espacios vacíos y silenciosos, sumidos en un orden  artificial e inerte. No caminan la ciudad, la recorren, raudos y con los vidrios del carro cerrados, para ir de una cita a la otra, de un centro comercial al otro. En Medellín hay un punto específico, evidente, donde termina el caos popular, el mestizaje pauperizado, el desorden anárquico del rebusque en el que interactúan los pobladores de las comunas pobres, verdaderos usuarios del viejo centro de la ciudad, y comienza el territorio residencial de El Poblado. Igual sucede en Cali, otra ciudad segmentada con los barrios del oeste o Ciudad Jardín y Pance, vedados y lejanos de los habitantes del Distrito de Aguablanca. Ni qué decir de Cartagena donde 500.000 miserables que no se quejan, malviven silenciosos en la Ciénaga de la Virgen, el Pozón o Nelson Mandela, sin atreverse a asomarse siquiera a Boca Grande o Manga y mucho menos a la joya de la ciudad, el recinto amurallado.

Ciudades rotas, expresión espacial de sociedades fragmentadas también, donde reina la exclusión y la falta de posibilidades para la mayoría de sus habitantes.  Habitantes que aún no consiguen ser ciudadanos plenos, a pesar de los sueños de los planificadores urbanos y de los buenos alcaldes. 

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