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De Pablo a Salvatore

María Elvira Bonilla
07 de diciembre de 2008 – 09:14 p. m.

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COINCIDEN LOS 15 AÑOS DE LA muerte de Pablo Escobar con la aceptación de Salvatore Mancuso ante la Corte del Distrito de Columbia en Estados Unidos de ser la cabeza de una organización dedicada al tráfico de droga.

La colaboración con la justicia norteamericana de Mancuso le dio 30 años de cárcel después de completar una jornada de indagaciones judiciales en las que participó la Fiscalía colombiana que empezaron el pasado 18 de noviembre. Además de kilos de cocaína y centenares de rutas, tuvo que hablar de múltiples masacres en las que estuvo involucrado: El Aro, La Gabarra, Tibú, Los Cuervos, La Granja y Filogringo; la de Pichilín, San Antonio del Palmito y El Salado.

Tuvo que referirse al asesinato de 15 sindicalistas en Norte de Santander y de otros 16, también sindicalistas, en Córdoba. De la toma a sangre y fuego del Catatumbo con su estela de dolor y desplazamientos. Sí, Salvatore Mancuso, el mismo, atrapado en sus horrores, aquel al que llamaban con tanta familiaridad el Mono en los salones del Club Montería. El mismo, el de la entrada triunfal al Congreso de la República el 30 de julio de 2004, quien con un fogoso discurso se presentó como el salvador de Colombia, merecedor de reconocimientos, arrancando aplausos entre decenas de parlamentarios, muchos de los cuales están hoy judicializados, sin investidura o en la cárcel.

De la persecución al capo más buscado del mundo, liderada por Los Pepes —Perseguidos por Pablo Escobar— resultó el emporio de los hermanos Fidel, Carlos y Vicente Castaño y Don Berna, que terminó convertido en las Autodefensas Unidas de Colombia. Les colaboraron al Estado y el Estado los dejó crecer. Diez años, tres gobiernos —Gaviria, Samper y Pastrana— haciéndose los de la vista gorda, hasta que el monstruo de las mil cabezas con tentáculos en todas las regiones del país por cuenta del propio Mancuso, de Cuarenta, Macaco, Báez, Vanoy, Isaza… se expandió, incontenible. Penetró instituciones —fuerzas militares, aparato de justicia, alcaldías y gobernaciones— y con especial significación a la clase política.

Si se compara el mal y la capacidad de destrucción del uno y de los otros, la diferencia no es mayor. Aunque algunos ‘paras’ se iniciaron con motivaciones distintas, todos terminaron carburados por el mismo combustible: narcotráfico. Por el número de víctimas y el terror que sembraron en los pueblos de la Colombia rural, con sus formas demenciales de torturar y asesinar, compiten en crueldad. En la riqueza acumulada y los bienes que consiguieron a punta de terror y muerte, los ‘paras’ superan con creces la descomunal ambición de Escobar. Y esto para no mencionar la secuela de destrucción moral y de corrupción que ambos inocularon en los cimientos de la sociedad colombiana.

Pero hay una gran diferencia. Mientras que a Escobar lo repudió Colombia entera y se unieron las instituciones hasta liquidarlo, con Mancuso y los jefes paramilitares hubo tolerancia. Fueron incluso acogidos, por temor o conveniencia, especialmente por las élites locales —económicas y políticas—, justificándolos como un mal necesario. Pablo pasó a la historia como el mal hecho hombre, mientras frente a Salvatore aún se guarda silencio, sin que exista plena conciencia o capacidad para reconocer el gran daño que él y los demás jefes paramilitares le hicieron a Colombia. Pero la historia será su verdugo.

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