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ESTE AÑO LA COMPETENCIA DE FI- estas y disfraces con ocasión del Halloween fue mayor.
La invasión de celebraciones importadas avanza, indetenible. Ya nos habían llegado, ya hace años con la nieve y los trineos de Santa Claus, exóticos en el Trópico, el barbudo simpático vestido de rojo, desempacado del Polo Norte, con su ho, ho, ho, su campanita y los venados, arrastrando el trineo con los regalos para los niños. La imagen de árboles cubiertos con copos de nieve, representados por trozos de icopor, se tomó el imaginario infantil de una Colombia verde y soleada, tropical, sin estaciones, ni arbustos deshojados. Ambientes helados, propios de los países nórdicos, trasplantados por la máquina comercial norteamericana se convirtieron en la referencia navideña de los niños colombianos.
La figura de Santa Claus se pasea en navidad por las calles y centros comerciales, al igual que las ahuyamas y las calabazas (casi desconocidas en Colombia), los antifaces y las brujas han invadido casas, oficinas públicas, vitrinas y almacenes con ocasión del día de Halloween. Y todo, por cuenta del remedo de una fiesta tan lejana de nosotros como es la cultura celta donde nació. Las oficina suspenden su rutina y la decoración intenta transmitir el ambiente de brujas y de cachos, de antifaces y sorpresas porque hoy los convites adultos, las fiestas de disfraces en los clubes y las casas se han impuesto sobre los de los niños, quienes en sus origen eran la razón de ser de la fiesta norteamericana con su triqui-triqui Halloween. Las calles de todas las ciudades en la noche víspera de la fiesta de las brujas, anochecieron impregnadas del ambiente de una celebración, que nada nos dice. Y que se volvió una celebración ridículamente obligatoria, donde se asimila con un esnobismo irremediable, como cualquier cosa que llegue del país del Norte, así sean deshechos de moda, mientras se olvidan las costumbres propias y hasta hace unos años arraigadas, de las que tristemente pocas quedan vivas.
La influencia norteamericana determina realidades económicas, políticas y militares, con su talante imperial ha permeado la vida cotidiana especialmente de los países del hemisferio sur. Estandariza la moda, la comida, el lenguaje, el comportamiento social, la creación y las expectativas de futuro, de la misma manera en que, como por cuenta del ajeno Halloween, el 31 de octubre se convirtió en Colombia también en el día de los niños y ahora de las fiestas de disfraces adultas con sus gastados antifaces y las exuberancias de Lady Gaga, que este año se convirtió en la referencia del atuendo más costoso y más vendido en los Estados Unidos y por ende del mundo. Nada que ver con la autóctona y raizal Fiesta de los Muertos mexicana, que se remonta al pasado precolombino con una fuerza cultural tan potente que sacude y llama a la reflexión. Así las cosas, no es de extrañar que en cualquier momento la calabaza o ahuyama se convierta, como por arte de la moda, en la fruta nacional. Al menos por estos días.