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El campo del posconflicto

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ES UN CAMPO SIN GENTE. SIN CAMpesinos, sin parcelas cultivadas, sin veredas, sin vida.

Un paisaje homogeneizado y monótono de pastizales, de extensos latifundios (“hasta donde alcanza la vista”) donde los únicos habitantes (¿seres vivientes?) son novillos engordando y vacas paridas con sus terneros, que se protegen de la canícula del mediodía a la sombra de viejos y frondosos árboles, mudos testigos del dolor y la muerte que aún guarda la tierra. Restos de escuelas y puestos de salud, de viviendas y canchas de fútbol cubiertos por la maleza. Ese es el nuevo paisaje rural colombiano: despoblado, ganaderizado, con la muerte que aún flota en el ambiente. Es el paisaje del latifundio del posconflicto, en muchos casos narcolatifundios, nacidos de una verdadera contrarreforma agraria.

El Urabá antioqueño —Necoclí, San Juan de Urabá, Arboletes—, las tierras de Bolívar y Sucre —San Onofre, Chirulito, Tolú Viejo, María la Baja— y los Montes de María —Carmen de Bolívar, El Salado, Macayepo—, anteriormente ricos en presencia y trabajo campesino, fueron escenario de muchas de las peores masacres paramilitares que destruyeron comunidades sólidas y obligaron a sus pobladores a abandonar sus tierras y engrosar las hordas de desplazados, desposeídos y humillados, que malviven en las barriadas urbanas. El retorno a sus lugares de vivienda, a sus tierras, a sus veredas semidestruidas ha sido lento. Desesperanzador. Son fantasmas, extranjeros en sus propias tierras. Ya no son los mismos. Llevan en el alma una tristeza que no pueden ocultar. Sin plata ni condiciones ni apoyos gubernamentales consistentes para reiniciar sus vidas, no les queda alternativa distinta a vender, a precios irrisorios, la tierra recuperada que los “cachacos”, como llaman en la Costa a la gente del interior, en su mayoría antioqueños, pagan en efectivo. En Montes de María, las parcelas y fincas de 10, 15, 30 hectáreas donde por generaciones habían cultivado el ñame, la yuca, el plátano, el aguacate y el tabaco son hoy grandes extensiones alinderadas por alambres con postes de cemento, lo contrario al paisaje campesino de antaño.

El campo del posconflicto colombiano lo conforman nuevas haciendas, agregación de parcelas campesinas, muchas entregadas durante la reforma agraria de Carlos Lleras Restrepo en los años 70. Ganadería en Sucre, Córdoba y Bolívar, palma de aceite en María la Baja y jatrofa, arbusto productor de aceite para combustibles, en Montes de María. Siembras subsidiadas por el Gobierno como apoyo a la economía verde. Negocios que requieren fuertes inversiones, grandes extensiones de tierra y escasa mano de obra, que son el corazón del modelo para el campo impulsado por el presidente Uribe y su ministro Andrés Felipe Arias del cual forman parte las líneas de crédito y los subsidios del Agro Ingreso Seguro. Un modelo de desarrollo agrícola que hiere mortalmente a ese  mundo rural que está en el corazón de Colombia y que traerá como resultado inevitable el aumento de la pobreza de más familias campesinas, desposeídas y desplazadas. Un modelo que jamás permitirá alcanzar el mínimo equilibrio social, sin el cual la paz permanecerá como una quimera. Un sueño inalcanzable.

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