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EN LAS COSTAS DEL MAR PACÍFICO, el mar del siglo XXI, se localizan ciudades del mundo que están conectadas con el futuro:
Tokio, Hong Kong, Singapur, Shanghai, Yakarta, Sidney, San Francisco, Los Ángeles, Vancouver, Valparaíso, Acapulco. En Colombia, sin embargo, su frente pacífico, que en la lógica mundial debía ser una ventaja para el país, lo transformamos en fatalidad.
La dimensión del caos inconmensurable, del desmadre imperante en el Pacífico colombiano, llevó al presidente Álvaro Uribe a reconocer, en un gesto insólito para su estilo de triunfador sin excepciones, que allí la Seguridad Democrática no ha funcionado. Y, podemos decirlo tranquilamente, no va a funcionar, mientras no se comprendan las claves de su dinámica social. Desde Tumaco y Guapi hasta Bahía Solano, pasando por Buenaventura, lo único que en el Pacífico colombiano se da en abundancia, es la desesperanza. Tierra con su explosión de biodiversidad, aún desconocida, y la creatividad y la expresión espiritual negra, con su música, bailes, creencias y tradiciones gastronómicas, en su destreza física. Pero tierra también donde sus comunidades rompen todos los récords de pobreza, atraso y exclusión; desnutrición, mortalidad infantil, analfabetismo, corrupción y últimamente narcotráfico y violencia. En medio del clientelismo más procaz que por décadas ha asaltado las arcas oficiales y que, alimentado por la dejadez y la irresponsabilidad, ha logrado castrar esa vitalidad popular auténtica, única capaz de romper los yugos que durante décadas ha tratado a su gente como escoria.
En Buenaventura, durante más de medio siglo innumerables gobernantes nacionales y departamentales le han inyectado recursos, le han nombrado consejeros de alto vuelo sin encontrar salidas a la espiral demoníaca del descenso a los infiernos del primer puerto del país. Sueño aplazado, el de lograr desarrollo, armonía social, a los cuales tiene derecho. Pero no, la miseria en el barrio Lleras galopa de la mano del no futuro para centenares de jóvenes negros que siguen condenados a alimentar con sus vidas la guerra y la muerte, en las filas de los ejércitos, los ilegales y el regular del Estado. Paramilitares y guerrilla se pelean allí cada espacio, cada cuadra, pero también cada joven, con los millones del narcotráfico por delante.
Tanto intento fracasado lleva a recordar a Álvaro Mutis, en su maravilloso relato El último rostro, donde narra la decepción de Bolívar en su lecho de muerte cuando rememora su saga libertadora con la lucidez del final: “Aquí se frustra toda empresa humana. El desorden vertiginoso del paisaje, los ríos inmensos, el caos de los elementos, la vastedad de las selvas, el clima implacable, trabajan la voluntad y minan las razones profundas, esenciales, para vivir (…) Esas razones nos impulsan todavía, pero en el camino nos perdemos en la hueca retórica y en la sanguinaria violencia que todo lo arrasa. Queda una conciencia de lo que debimos hacer y no hicimos…”. Una certeza que toma cuerpo de manera implacable en ese trópico húmedo y en Vasco Núñez de Balboa, cuya vida se convirtió en tragedia desde el mismo momento en el que bautizó su inmortal descubrimiento, mar Pacífico.