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El llamado presidencial al “tapen, tapen”

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«Si no existieran los medios, no existiera el terrorismo», dijo el presidente Juan Manuel Santos en Cartagena.

Desafortunada frase pronunciada por un presidente cercano al poder desde la cuna gracias a que su familia, durante tres generaciones y hasta hace sólo dos años, fue la propietaria del periódico más influyente de Colombia. Un presidente que se vanagloria de haber ejercido el periodismo como subdirector del periódico familiar, hasta que tomó el camino de la actividad política, como primer ministro de Comercio Exterior del gobierno de César Gaviria.

Santos no olvida sus antecedentes periodísticos. No es gratuito que lleve dos años gobernando a punta de titulares de prensa. Como comentó alguien, con verdad y agudeza, si no fuera por el periodismo, seguramente no sería hoy presidente de la República. Por ello su ligera aseveración presidencial no puede entenderse sino como una verdadera ironía de la vida.

Según el presidente, la prensa magnifica los ataques guerrilleros y por ello acaba manipulada o al menos haciéndoles el juego al darle notoriedad a esas acciones violentas. Cuánto quisiera el presidente que los medios lo acompañaran en su esfuerzo por minimizar los problemas, especialmente los de orden público, que han empezado a generar zozobra en la opinión y a golpearlo en las encuestas. Que la ciudadanía no conozca de los secuestros ocurridos en los últimos días, de manera desafiante, en las goteras de Bogotá, como el ocurrido la semana pasada en un condominio campestre, a 15 minutos de Anapoima, cerca de donde el Ejército protege la casa de descanso de la familia Santos.

Pero él sabe bien que el significado de sus palabras tiene que ver directamente con un tema crucial para la democracia, como es la relación de los medios de comunicación y el poder. Su mensaje es claro: “Tapen, tapen”. Y tiene razón desde su óptica. Si los medios no hubieran destapado el toma y dame del Congreso y el Ejecutivo, con el que quisieron transar una reforma a la justicia que entronizaría la impunidad en los círculos de poder, su prestigio seguiría intacto; o si no hubieran puesto al descubierto el derroche inútil de recursos escasos que significó la organización de la intrascendente Cumbre de las Américas en Cartagena, podría seguir sintiéndose y comportándose como un presidente de un país del primer mundo, incansable viajero internacional, presente en encuentros tan ajenos a la Colombia real, como en la Cumbre de los 20, sin tener que untarse del polvo y el sudor de los colombianos.

Santos, con su desafortunada pero diciente afirmación, cayó en la trampa de los gobernantes cuando les da por buscar la calentura en las sábanas. Cree, falazmente, que si los medios callaran, las cosas no sucederían. De allí su insistencia en hacer creer que estamos en el mejor de los mundos, como desafiantemente recalcó en su balance del 7 de agosto: “Nadie nos va a negar los resultados que hemos logrado”. Por esto insiste en mantener un equipo de gobierno lleno de cuestionamientos y carencias, que pareciera ser otra invención mediática.

No nos engañemos, la injusta e irresponsable andanada presidencial revela, como diría Julian Assange desde su asilo londinense en la embajada ecuatoriana, la intención clara de dispararle al mensajero por revelar verdades incómodas.

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