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El mal anda suelto

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Asombrada frente al llanto desconsolado de su niñera, a quien le habían raponeado el bolso en el que llevaba la quincena, Elena, mi pequeña sobrina de seis años, sólo atinó a decir: “¿por qué hay gente mala?”. Y no sólo es que la haya sino que los malos se han multiplicado.

Están por todas partes. En los hechos cotidianos de robos y raponazos, de atracos callejero o de pandillas de muchachos que con cuchillos, changones, pistolas, asedian los barrios populares, pero también entre los que roban en grande, los de las masacres, los que asesinan, los que siembran horror por donde pasan, pero también los que trampean para quedarse con los dineros públicos, los que arrebatan bienes con leguleyadas, los que incriminan con mentiras para obtener beneficios personales de la supuesta justicia, los que abusan del poder para hacer daño, los que humillan a los indefensos, pero también los políticos que engañan, los ventajistas, los del atajo, los que se las dan de vivos.

En fin, un listado de comportamientos destructivos y dañinos, demoledores, amplificados por titulares de prensa y noticieros de televisión que llenan la vida de miedos y zozobra, no sólo para los niños y jóvenes que se están formando, sino para la sociedad toda, que se ha ido quedando sin puntos de referencia, sin líderes que tracen caminos y orienten, sin “tótem ni tabú”, a decir de Freud.

Como dirían los antropólogos, estamos enfrentados a una “degradación totémica” generalizada. La destrucción del tótem que finalmente es esa necesaria representación simbólica encarnada en figuras incontaminadas que marcan la línea entre el bien y el mal, que castigan o premian, que permiten ordenar la vida en sociedad a través de valores morales y redes de solidaridad. Pero que a su vez protege y cuida la tribu.

Su ausencia produce la desolación social y lanza a las personas a vivir cada quien el presente, el aquí y ahora, como quiera, como pueda, de una manera desmadrada e individualista, sin límites ni consideración por el colectivo ni por el bien común. Tal como está ocurriendo.

Esa fatal marca de nuestro tiempo que ha abierto la compuerta para que se multipliquen los malos. Un comportamiento humano que el filósofo norteamericano John Kekes intenta descifrar en su libro Las raíces del mal a partir de seis casos de maldad extrema: la cruzada del papa Inocencio III contra de los “herejes” albigenses en el siglo XIII; el Terror de Robespierre de la Revolución francesa; el comportamiento de Franz Stagl cuando un campo de concentración en la Alemania nazi; los asesinatos cometidos por Charles Manson y su clan en California; el demencial plan represivo de la dictadura militar argentina en la llamada guerra sucia de la década del 70, y por último, las acciones de un asesino en serio conocido como el caso John Allen. El esfuerzo de Kekes por encontrar alguna explicación resulta fallido, pero al final deja el problema planteado colocando al mal como “el más serio de los problemas morales de nuestro tiempo y la amenaza permanente para el bienestar humano”. Y si bien el mal ha existido siempre, lo cierto es que pareciera que ahora anda suelto.

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