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Fue un azar que Rafael Correa llegara a la Presidencia del Ecuador.
Él, un académico, decano de la facultad de economía de una elitista universidad quiteña, llamado por su solvencia técnica e independencia política a ser ministro de Hacienda de Alfredo Palacio, quien asumió la Presidencia luego del derrocamiento de Lucio Gutiérrez. Las circunstancias lo catapultaron y su resuelta gestión frente a las petroleras le dio la imagen y la credibilidad que en 2007 le abrieron el camino a la Presidencia.
Su indudable liderazgo en sus siete años de gobierno se alimentó hasta ahora de una combinación de los principios aprendidos como jefe de la tropa scout de Guayaquil y de los valores cristianos inculcados por los padres salesianos, quienes lo formaron en el colegio y con quienes mantiene cercanía. La tropa scout terminó por llenarle el vacío de una familia rota tras la muerte prematura de su padre y se convirtió en su mundo social y personal. Serían sus compañeros scouts los invitados a acompañarlo en su aspiración a la Presidencia y a crear su partido, Alianza País. Conforman su círculo cercano en el Palacio Carondelet, mientras otros ocupan escaños en la Asamblea de Diputados que reemplazó al congreso bicameral. Todos, como Correa, sin experiencia política previa.
Esta particular combinación del sentido de responsabilidad y compromiso de los scouts con valores cristianos impregnados de teología de la liberación produjo un líder con convicciones que toma decisiones complicadas y de fondo en lo económico: modificación de los contratos petroleros, control de divisas, intervención ante la enorme desigualdad en los ingresos privados para redistribuirlos hacia los más pobres, impuestos a las remesas de utilidades de las inversiones extranjeras, estímulo al consumo de la producción nacional y encarecimiento de las importaciones de bienes considerados suntuarios, al tiempo que busca cambiar, con prohibiciones e impuestos, a costumbres ciudadanas como el consumo dañino de alcohol, tabaco y la llamada comida chatarra, por el alto costo que debe asumir el Estado en el posterior tratamiento de los problemas de salud asociadas a éstas. Su apuesta por la “revolución ciudadana”, más allá de continuar un extraordinario desarrollo vial, consiguió educación pública gratuita hasta los estudios universitarios y una inversión social sostenible y consistente, con la consiguiente reducción de las brechas sociales.
Pero todo esto lo ha logrado con una buena dosis de autoritarismo. La soberbia del poder le ha hecho perder sus reflejos solidarios de jefe de la tropa scout y ha acentuado su talante arbitrario e intolerante expresado con su pugnacidad contra los medios de comunicación de oposición y las opiniones que disienten, y últimamente con la represión de la protesta social, como ocurrió con las recientes manifestaciones estudiantiles contra el aumento en las tarifas del transporte público, que tiene a 36 líderes en la cárcel.
Correa ha ido olvidando la importancia y el sentido del trabajo en equipo y del respeto a la diferencia aprendido de los scouts y avanza en el camino sin retorno de la arrogancia y del autoritarismo con su empeño de perpetuarse en la Presidencia, sintiéndose irreemplazable, una vía que lo puede llevar a pasar a la historia no como un gran transformador sino como otro tirano aferrado al poder.