Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
No hay propósito de política más manido que el de mejorar la educación, sin exceptuar a ningún grupo político, de derecha o de izquierda.
Sin duda, el presupuesto asignado generalmente no es despreciable, pero está mal priorizado y sin continuidad. Se invierte un 4% del PIB, bien lejos del 10% del PIB que votaron los colombianos en el plebiscito de 1957 y que sería una meta reiterada en los discursos de los gobiernos del Frente Nacional. De haberse cumplido el acuerdo plebiscitario y luego las recomendaciones que hace 20 años la Comisión de Sabios le hizo a César Gaviria, que, como dice uno de sus miembros, Rodolfo Llinás, “nunca nadie leyó”, otra sería la situación de Colombia. Habríamos despegado en nuestra transformación como nación.
En términos de cobertura, hacia donde se han orientado los recursos, seguimos deficitarios, pues sólo el 64% de los colombianos entre cero y 17 años están matriculados en un plantel educativo. Y de ellos la mitad abandona el estudio sin terminar el bachillerato, por dificultades económicas o por física aburrición. Quienes hacen la licenciatura de educación para formarse como profesores son usualmente quienes tienen el puntaje más bajo en las pruebas del Icfes (Pruebas Saber 11); muchos acaban de profesores por descarte y no por vocación. Son ellos quienes tienen la muy delicada responsabilidad de formar a nuestros jóvenes, 8,1 millones sólo en los colegios públicos, para la vida y el trabajo.
A lo anterior se suma que sólo el 11,4% de los estudiantes cumple con la jornada completa de 8 horas; la gran mayoría asiste sólo 5 horas a su colegio, con lo que termina “matando el tiempo” la mitad del día, solos en sus casas frente a la televisión o internet, cuando no vagando por la calle. Hay unanimidad de opiniones en cuanto a que este es un asunto neurálgico para superar el rezago, no sólo educativo sino social, que se resolvería acabando con la doble jornada, falsa salida para supuestamente ampliar cobertura y que golpeó gravemente al proceso educativo. El cambio requiere 7,4 billones de presupuesto adicional y que haya un compromiso de todos las fuerzas políticas para volverlo realidad en el tiempo, proceso que tomará más de una década.
Mejorar la calidad de la educación no es una tarea imposible, pero requiere ante todo que se le reconozca su importancia para la sociedad, como lo registran todas las encuestas. Que los presidentes dignifiquen ese ministerio y que no sea un tema sometido a las contingencias electorales. Así lo entendió Chile, dándole prioridad en el compromiso político y en el presupuesto, a la par que les dio el merecido reconocimiento social a los maestros. La valoración del oficio es tal que la exministra y excandidata presidencial Evelyn Mattei decidió regresar, de manera ejemplarizante, al aula escolar en un colegio público de Santiago, como una simple profesora de matemáticas en el grado quinto de secundaria. Experiencia de la que habla feliz y realizada.
¡Qué tan lejos estamos de hacer de la educación un compromiso superior, único camino para superar las inequidades y desigualdades actuales y lograr despegar como país y sociedad! Es algo de lo que mucho se habla y con lo que los políticos en campaña se comprometen, pero a la larga todo se queda en pura carreta.