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La inverosímil historia de Sigifredo

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El abrazo que Sigifredo se dio con sus dos hijos en la pista del aeropuerto de Cali fue tan efusivo que casi los tumba.

Y luego llegaron sus palabras largas y prolongadas cuando en la Plaza de San Francisco comenzó un relato tan conmovedor y verosímil que traspasó el Atlántico hasta llegar, en alguna repetición televisiva de los miles de canales de cable que se pelean el espectro en el mundo, a los oídos del Premio Nobel José Saramago en su refugio en Lanzarote.

Sigifredo traía de los siete años de cautiverio el recuerdo de sus lecturas del Ensayo sobre la ceguera. No creo que un sabio conocedor de la condición humana como Saramago se hubiera dejado cuentiar fácilmente por un charlatán, cuando impactado lo invitó a pasar una semana en su casa de la isla. Quería escuchar de primera mano el infierno del secuestro e intentar entender, desde el punto de vista de un hombre de izquierda como él, el comportamiento demencial de la guerrilla de las Farc. La charla con el Premio Nobel portugués concluyó con una reflexión sobre la existencia de Dios sin que la fe de Sigifredo hubiera logrado modificar un ápice de las convicciones de este ateo que se preparaba con serenidad a recibir la muerte.

No había pasado una semana de la liberación cuando le escuché los primeros relatos de la selva que lo atropellaban sin descanso, en el modesto apartamento de un pariente suyo en Bogotá. Cargaba un cartapacho con decenas de manuscritos a mano alzada que contenían poemas y reflexiones existenciales. Las historias de cautiverio apuntaban a desnudar la crueldad de las Farc con anécdotas de horror como la del chico que fue condenado a muerte por comerse sin permiso una lata de atún y la imposición a otro niño, que además era primo suyo, de ejecutar la sentencia a cuchillo. La narración resultaba verosímil y la repitió muchas veces con puntas y comas, hasta que los siete años de sufrimiento, de dolor y rabia tomaron forma en el libro El triunfo de la esperanza, que escribió a dos manos con Julio César Londoño, un escritor de una seriedad y un rigor que jamás se habría prestado para construir una farsa literaria.

Todas estas variables que ayudarían a entender el contexto del secuestro de Sigifredo parecen haber sido desvirtuadas por la Fiscalía, que no cuenta con nada distinto a un par de videos a contra luz en donde aparece un hombre planeando el secuestro, cuyo perfil y voz dicen ser similares a las de Sigifredo. No cabe fácilmente en la mente que alguien en sus cabeles haya infringido semejante castigo. Un autosecuestro que no le reportó más que sufrimiento, un deterioro físico precoz, afugias económicas y siete años de vida perdidos para siempre.

Adendum

Ofende ver los 15 millones de pobres de Colombia, que duelen, convertidos en malabares estadísticos del señor Bruce Mac Master, el jefe del departamento para la prosperidad social, quien habla de la miseria ajena con la frialdad de un banquero de inversión. La operación mediática triunfalista dista mucho de la realidad de los abatidos colombianos de carne y hueso, cuyas necesidades nada tienen que ver con las publicitadas e indolentes cifras de Mac Master.

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