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La literatura de la melancolía

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La Segunda Guerra Mundial, ese doloroso y traumático episodio histórico que dejó 50 millones de muertos, ha dejado también una estela de creación en el cine y en todas las artes.

El espíritu de esa Europa con que arrasó la guerra se convirtió en el alimento de una gran literatura. Es el caso del húngaro Sándor Márai. El universo que narra con armonía y profundidad en su novela El último encuentro revela en toda su dimensión el daño profundo no sólo en vidas sino en cultura, en historia, en condición humana que hizo la locura fascista. Es éste uno de los libros más bellos que se puedan leer. Una historia simple, como todo lo grande, alrededor de la vida de dos amigos que se reencuentran después de cuarenta años de ausencia.

El escenario es un pequeño castillo de caza al pie de los Cárpatos que ha perdido el aroma de sus salones al estilo francés donde abundaban la música de Chopin y la sofisticación, para darle paso a la austeridad de una decadencia con dignidad. Se trata de una relación en la que Márai logra enhebrar los más complejos sentimientos humanos como si se tratara de un duelo sin armas atravesado por el recuerdo imborrable de una mujer que se ha ido con esplendor de una época. Como buena obra literaria, la historia puntual no es más que el pretexto para lograr la universalidad que le permite llegar y conmover la mente y el corazón de cualquier lector. Como sucede también con La mujer justa, otra de sus novelas, una suerte de Cuarteto de Alejandría en la que desnuda la pasión humana con todos los ingredientes de odio, celos, traición, mentiras, crueldad, amor.

El descubrimiento de Sándor Márai en Europa occidental fue reciente. Nacido en Kassa, una pequeña ciudad húngara que pertenece a Eslovaquia, su obra, escrita desde mediados de los años cuarenta, quedó durante décadas silenciada y prohibida por el régimen comunista que controló su país desde 1948. Tristemente Márai no pudo descansar con la caída del muro de Berlín y se quitó la vida unos meses antes, en San Diego, California, a los 89 años de edad cuando se creía había alcanzado algún sosiego. La desazón que le dejó la hecatombe que escabulló en su patria pero que vivió a la distancia quedó reflejada en sus libros y muy especialmente en El último encuentro, su logro mayor, una novela corta con la potencia de las grandes obras.

La suerte de Márai fue común a otros dos grandes autores: Joseph Roth, quien puso a uno de sus personajes de su novela El triunfo de la belleza a resumir con lucidez lo que él había tenido que hacer durante su vida: “He enterrado todo lo que pienso, para poder vivir”. De eso se encargó el fascismo: de aniquilar con desazón a los sobrevivientes, como le ocurrió también a Stefan Zweig, otro gran austriaco, quien dejó escrito en su carta de despedida, antes de suicidarse junto a su mujer en la pequeña población de Petrópolis en el Brasil: “ojalá mis amigos puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto”. Una impaciencia que se llevó por delante a más de un talento creativo, a más de una novela nacida de la melancolía.

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