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El fundador de CNN, Ted Turner, en los 80 consolidó la cadena internacional de noticias para responder a una obsesión suya: conectar a la humanidad.
Mostrar lo que sucede en los cuatro rincones del mundo para que los televidentes, conociéndolo directamente, pudieran enriquecer su conocimiento e información de la realidad para ampliar horizontes, descubrir protagonistas para lograr una mejor comprensión de su complejidad. Mostrar al mundo como lo que es: un gran mosaico de diferencias. La tecnología para conectar y el periodismo para entender.
Tercamente rompió el aislamiento y la desinformación con que se protegen las dictaduras; a punta de comunicación derribó barreras levantadas por el sectarismo fanático. Personalmente contactaba a los gobernantes y lograba que le autorizaran a CNN instalar sus antenas. Así, paso a paso, articuló una cadena global y universalizó la información. Su último logro, antes de que CNN fuera absorbida por Time Warner, fue llevar la cadena hasta el país más aislado del universo, Corea del Norte.
Fue el primero en celebrar la llegada de la señal de CNN a Cuba y se convirtió en compañero de pesca de Fidel Castro. No importaban las diferencias, se respetaban. Envió a La Habana un equipo de primera línea de corresponsales permanentes. Turner entendía que la fuerza de la comunicación estaba en la posibilidad de crear puentes. Sin interferencias. Sin intermediarios. Sin imponer ideologías ni visiones, y que para lograrlo en su cadena había espacio y respeto para todas las expresiones políticas, sociales y culturales, así fueran contradictorias. Se la jugó a fondo, sin consideraciones comerciales, un propósito que terminó reventándolo económicamente.
Su sueño: que el mundo, las culturas, las ideologías, los países, los individuos, se reconocieran en la diferencia. En una palabra, que se respetaran. Trayendo su sueño a Colombia, habría que agregar que no se mataran.
Por compartir esta concepción sobre la información libre, el respeto a la opinión ajena, la urgencia de abrir compuertas mentales para darles cabida a nuevas visiones y escuchar distintos puntos de vista, desde orillas distintas, aplaudo el espacio que los grandes medios radiales y televisivos les han empezado a dar a los comandantes de las Farc. Así sucedió con Carlos Castaño, jefe de las Auc, cuando gracias a la entrevista que Claudia Gurisatti le hizo en su momento para RCN, el país pudo entender el propósito de su cruzada de violencia y muerte y tener de frente al ser humano que estaba detrás de ésta.
Igual ocurre con los comandantes de las Farc. Hay que oírlos. Hay que conocer y respetar sus puntos de vista, que no significa compartirlos. Que produzcan rabia o asombro, pero frente a frente, en la radio, frente a la pantalla de la televisión. Verlos como seres humanos de carne y hueso, cara a cara, con todos sus gestos, con tolerancia y sin tantos odios enconados. Conocer de primera mano, desde su experiencia existencial, 40 años de una opción de vida cuestionable, pero que tiene un sentido para quienes la asumieron y están hoy negociando una salida a un conflicto del que han sido protagonistas. Si no los escuchamos y conocemos lo que piensan, sus propósitos y aspiraciones, no habrá paz posible, por más acuerdos que se firmen en La Habana.