Publicidad

La paz en el territorio

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

SON LOS MISMOS QUE HAN OCUPADO por generaciones esas tierras: los Montes de María, aquella gran despensa de alimentos hasta que la apertura de César Gaviria de los años 90 les torció el destino a sus cultivadores. Los mismos que el conflicto desplazó y que puso a rodar por los pueblos de la Costa Caribe durante la primera década del siglo XXI.

Los mismos que decidieron voluntariamente regresar a sus parcelas a recuperar lo que les había quedado después del tropel entre guerrilleros, paramilitares y ejercito que arrasó sus parcelas, sus veredas. Son los mismos campesinos llanos y humildes que ya no quieren mirar más para atrás, ni lamentarse ni que los victimicen los que ahora construyen la paz en los territorios donde viven. Sin discursos, ni retórica, en lo cotidiano.

Los colombianos que han vivido en los peores escenarios de la guerra, como son los pueblos de los Montes de María —Ovejas, María la Baja, San Jacinto, El Carmen de Bolívar, San Juan Nepomuceno—, lejos de las ciudades capitales, no se enredan con debates sobre justicia transicional o disquisiciones alrededor de las penas para los guerrilleros; no alimentan odios ni rencores, ni viven atrapados tejiendo retaliaciones inútiles; conocen del dolor y el sufrimiento en carne propia, han perdido tanto que solo quieren ganar tiempo y que el conflicto se acabe. Y se preparan para una vida mejor, y con el mismo espíritu solidario con el que enfrentaron las adversidades, quieren ahora construir un nuevo país.

La Agenda común para la paz desde los territorios —una iniciativa de dos organizaciones de gubernamentales, Planeta Paz y Oxfam, que cuentan con el apoyo de la Unión Europea— logró identificar y poner en contacto a 250 organizaciones sociales populares y reunir 300 líderes de 18 departamentos que están desarrollando iniciativas de convivencia social, que sin discursos ni aspavientos desde lo cotidiano han ido logrando una vida mejor para sus comunidades. Algunos de estos ejemplos de cómo la gente ha ido construyendo alternativas de vida en el país soñado, sin confrontación armada, sin masacres ni zozobra, ni desplazamientos atropellados, ni desvelos, se han dado precisamente en los Montes de María, una de las regiones más golpeadas desde finales del siglo pasado y comienzos de este.

Allí está la Asociación de Campesinos Desplazados Retornados (Asocares) en el municipio de Ovejas, que se formó precisamente para afrontar colectivamente los riesgos de regresar a recuperar las tierras abandonadas. Son ya 600 familias las que han empezado a recuperar sus actividades económicas a pulso, sin un mínimo apoyo del Estado. Con la fuerza de la solidaridad enfrentan la precariedad de tener que sobrevivir sin agua, como ocurre aún con muchas veredas de Ovejas, asfixiado, como todo Sucre, por la corrupción política. Y están los pescadores de María la Baja, que además de generar el sustento económico de las familias, son la memoria de prácticas tradicionales armónicas con el medio ambiente. Y la red Mujeres de Norte de Bolívar, las resistentes entre las resistentes, ejes de la vida en sus comunidades que con su propio sello Pilanderas marcan sus productos artesanales. Experiencias todas en esa reveladora Colombia rural que confirma que la paz tiene que ser un camino sin retorno.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido