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La pesadilla de Ana María

María Elvira Bonilla
28 de septiembre de 2014 – 10:00 p. m.

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No la conozco. Pero su caso conmueve. Basta ver su imagen y sus testimonios en video, conocer su trayectoria de vida familiar y profesional, contemplar a su inmenso e instantáneo grupo de solidaridad en Facebook, así como analizar los detalles del juicio en que fue condenada en un tribunal de Texas, para tener la convicción de que con ella la justicia norteamericana está cometiendo un gravísimo e imperdonable error.

Se llama Ana María González Angulo, médica de la Universidad del Cauca, donde se graduó con honores. Por su talento y disciplina profesional era, hasta esta desgracia, la número uno en investigación de cáncer de mama en el Anderson Cancer Center, de la Universidad de Texas, uno de los más, sino el más, afamados del mundo. Con su investigación ha querido encontrar alternativas al tratamiento con la devastadora quimioterapia. Un trabajo científico y humano que adelantaba de manera independiente financiada por cinco fundaciones, pues sus resultados van en contravía de los intereses económicos de las multinacionales farmacéuticas.

Se enredó emocionalmente con George Blumeschein, colega en el Anderson. Una relación fallida sumida en un triángulo amoroso con la novia de Blumeschein, que se convirtió en la tragedia de su vida.

Blumeschein la demandó por intento de homicidio, pues supuestamente había intentado envenenarlo con un café que Ana María le habría ofrecido en su apartamento cuando aún mantenían la relación amorosa. Blumeschein sobrevivió, pero con su función renal reducida al 40%, y aportó, como única prueba, que el café tenía supuestamente un sabor extremadamente dulce y que Ana María había sido la última persona con la que había estado previamente a su crisis de salud. Se identificó el producto causante de la intoxicación: glicoletileno, un anticongelante mecánico de uso corriente en los laboratorios, cuyo sabor es dulce y al cual Ana María tenía acceso. Esto bastó para inculparla y condenarla.

Los fiscales no pudieron presentar una evidencia clara de que fuera ella quien le suministró la sustancia venenosa. Se sostuvieron en testimonios aportados por el demandante y en las circunstancias del tiempo transcurrido entre el envenenamiento y su último contacto con Ana María para declararla culpable. Decenas de pacientes a quienes les ha salvado la vida, así como sus colegas, estaban listos para testificar sobre su comportamiento profesional y personal, pero no fueron escuchados. El lunes, la jueza dictará su sentencia, que puede llegar hasta cadena perpetua.

Fue un juicio exprés, plagado de supuestos y de acusaciones sin fundamento, en el que el hecho de ser colombiana pesó dramáticamente y fue una constante en las intervenciones. La acusada era colombiana, el café era colombiano y solo una colombiana podría ser capaz de asesinar a su amante y colega.

Esta es “la justicia” norteamericana que copiamos con simplicidad y torpeza al implantar el sistema oral y acusatorio. Este es el horror que tiene abarrotadas las cárceles de inocentes y que, como en el caso de Ana María González, puede terminar su camino como científica, enterrada en una celda por cuenta de una enorme injusticia que le quitará su libertad y privará probablemente a millones de mujeres de salvar sus vidas.

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