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LA PELÍCULA FROST/NIXON PONE en evidencia, una vez más, el poder de la televisión. Su potencia y su capacidad para desnudar la verdad, para ir más allá de las palabras.
Sólo una entrevista televisiva, la del periodista inglés David Frost, logró enredar a Richard Nixon en sus propias mentiras. Y confesó. Reconoció su engaño. Defraudé a mis amigos, defraudé a mi país… y debo llevar esa carga conmigo por el resto de mi vida, palabras con las que, con una expresión de infinito vacío, se derrumbó en tres minutos. Y no penalmente: moralmente, humanamente.
Una entrevista de televisión confirmó el destino trágico de Lady Di y determinó el futuro del príncipe Carlos. Otra, la de Mónica Lewinsky, estuvo a punto de tumbar al presidente de Estados Unidos. En otra, Carlos Castaño catapultó políticamente a las paramilitares y justificó la causa de los Auc. Virginia Vallejo mandó a la cárcel a Alberto Santofimio. Samuel Moreno estuvo a punto de perder la Alcaldía de Bogotá por cuenta de la pregunta de Antanas Mockus, que a la postre ha resultado premonitoria, frente a los dilemas éticos del poder. El personero Rojas Birry cavó su sepultura política frente a Yamid Amat, no sólo porque nadie le creyó, sino por su complacencia explícita y hasta admiración con DMG.
La televisión no perdona. Revela como en una prueba de polígrafo el pasado, las emociones, las mentiras. Contrario a lo que se cree, una entrevista en vivo y en directo no permite trucos ni montajes. Nada resulta tan demoledor como el primer plano de una cámara que penetra el discurso hasta llegar a los sentimientos, logrando revelar la esencia de la condición humana del entrevistado. No es casualidad que los candidatos presidenciales se arrimen con tantas precauciones y asesorías a los debates televisivos, en la recta final de las campañas. Largas horas de entrenamiento pueden derrumbarse frente a una pregunta inesperada que conduzca a silencios forzados, imprecisiones o gestos desobligantes con el televidente. Un mundo mediático e implacable en el que la retórica suena hueca y babosa. Las convicciones firmes, el sentido de humor y la verdad son las armas contundentes.
Álvaro Uribe lo sabe y por eso las rehúye. Acepta las de radio, en las que el rostro no aparece. En la campaña para la reelección no aceptó debates en directo, y cuando ha concedido entrevistas con periodistas internacionales como Patricia Janiot o Jorge Gestoso, ha terminado rabioso y descontrolado. Le han salido mal. Contrario al desafío que asumió Barack Obama la semana pasada cuando como presidente en ejercicio participó sin libreto, desarmado y espontáneo en el show de Jay Leno, famoso por su agudeza e ironía. Son escasos los gobernantes que se les miden en pleno ejercicio del poder a pruebas televisivas como éstas, porque saben de su poder para sincerar y destronar, como ocurrió con Watergate, donde lo que no pudo la justicia frente al cinismo de Nixon lo consiguió la entrevista de David Frost que empezó como una coronación y terminó en una lápida.