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La supervivencia de la letra impresa

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El mes pasado se cerró en Bogotá la librería Biblos, de las pocas que sobrevivían con un local independiente sobre la calle y no ubicada en un centro comercial, al lado de los almacenes de zapatos o de ropa.

El fondo editorial de Norma, la última de la editoriales empeñada en una producción con sello colombiano espera turno en una bodega para ser destruido. Contrasta con la realidad de países como Francia, donde no sólo en París abundan las librerías de las editoriales junto con la pequeña librería de barrio, con libreros profesionales, además de las que ofrecen libros de segunda, empezando por las de las orillas del Sena y el barrio latino.

La tradición del periódico, que se compra en el kiosco callejero y que se lee pausadamente acompañado de un café, sobrevive, entre otras cosas, porque los medios impresos han evolucionado en su contenido y aportan análisis y desarrollo de noticias que en nada compiten con la velocidad del internet. Por el contrario, la complementan.

La producción de libros tampoco se detiene. Está incluso más prolija que nunca, con una amplia oferta a precios accesibles. François Hollande no ha cumplido dos meses en la Presidencia de Francia y ya hay en el mercado más de una docena de libros dedicados a comprender el fenómeno político electoral y el cambio de rumbo que su elección puede significar para Francia, con el concerniente impacto sobre el futuro de la Unión Europea y el euro. Igual ocurre con el fenómeno Sarkozy, que más allá de su derrota electoral, su personalidad y su manera de gobernar, ha dado para más de un libro. No podían faltar, obviamente, los libros sobre Dominique Strauss-Kahn, a quien las bajas pasiones se le atravesaron en su camino a la Presidencia de Francia, y su esposa, la periodista Ann Sinclair, quien ha recomenzado como directora de la versión francesa del Huffington Post.

Esta producción intelectual resulta de una interesante combinación de periodismo, análisis e información, en la que se cruza el acontecer y su contexto con el acumulado académico. En Colombia esta necesaria mezcla aún no se da. Los académicos siguen encerrados en la universidad con una producción para especialistas, aislados, sin que sus conocimientos y capacidad de análisis aporten a la comprensión de la realidad del país, mientras los periodistas seguimos atrapados en el registro de la inmediatez. Por esto no hay libros de actualidad. Por ejemplo, fenómenos políticos como el de Mockus y los Verdes, o el de Álvaro Uribe, en el que se mezclan su conspicua personalidad y su particular manera de gobernar, con sus errores y aciertos, pasan sin análisis, banalizados en el registro de unos mensajes de Twitter. La letra impresa, los libros y los periódicos tienen todas las posibilidades de futuro, sólo que en Colombia tendrían que reinventarse con tozudez e imaginación. Para no sucumbir.

Adendum. La puerta de entrada a Colombia por Eldorado es deplorable. La DIAN opera como un retén inútil que antes que controlar contrabando es un cuello de botella de viajeros exhaustos guerreando por avanzar en unas interminables y caóticas colas que hacen de llegar a Bogotá una pesadilla. Dr. Ortega, es hora de encontrarle alguna solución.

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