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En los países desarrollados (Europa, Estados Unidos), los campesinos son mirados con respeto y consideración.
El mundo rural no es sólo paisaje sino el fundamento de la sociedad, donde además se produce la comida. Pero además es la fuente de la identidad de cualquier país. Entienden que la sociedad necesita del campo y de sus habitantes, los campesinos. Esos mismos que en Colombia son tratados a las patadas, considerados colombianos de segunda cuando no son tildados de guerrilleros y antes que darles la mano, protegerlos para que la dura vida del campo sea digna, los persiguen y estigmatizan.
Si se mira con atención las peticiones que salen a la luz con los paros, con los voceros campesinos que se pasan los días mendigando atención en la oficinas del Ministerio de Agricultura y las entidades del sector, resulta que son más que razonables y justas: condiciones elementales para que su trabajo les asegure una subsistencia. Piden que controlen el contrabando y la entrada masiva de productos extranjeros, donde éstos son subsidiados, para que los precios de los nacionales no queden por el piso y haya incluso que regalar las cosechas; piden que el politizado Banco Agrario deje de estar sentado sobre 10 billones en TES —sólo pudo colocar 2.4 billones en créditos en el 2013—, se desburocratice en Bogotá y las capitales de departamento para que llegue con préstamos con tasas y plazos ajustados a la realidad de la producción campesina, a las veredas, donde están las necesidades para financiar las cosechas; piden que el Gobierno intervenga en los costos descontrolados de los insumos —agroquímicos, drogas y fertilizantes— que imponen unos pocos proveedores y que mantienen unos precios muy por encima de los promedios internacionales; piden que los incentivos y subsidios no los sigan acaparando los gremios en beneficio de los grandes y medianos productores, y que les lleguen a los pequeños.
¿Por qué los técnicos del Ministerio de Agricultura no se concentran en buscar caminos para asegurar salidas, de manera que el mundo rural no se destruya y que, por el contrario, sobreviva con vigor, en vez de insistir en debilitarlos en las negociaciones, ahogarlos postergando soluciones en el tiempo, acusándolos de politiqueros y subversivos?
Entender lo campesino en su complejidad —económica, social, cultural y política— desde la mentalidad urbana, desde una modernidad contrahecha, no es fácil. Se miran como “rezagos de la sociedad tradicional” condenados a sobrevivir enfrentados al mundo hostil de los mercados y el capital, donde sólo cuentan la competitividad y los resultados económicos, y ahí están perdidos. Están atrapados en una realidad frente a la cual no se puede ser indiferente.
Colombia, como ningún otro país americano, tiene un sustrato campesino que es su matriz como sociedad. Vivió procesos colonizadores de familias campesinas expulsadas a los confines nacionales por la pobreza y falta de oportunidades o por la violencia que lleva más de medio siglo ensañada con el campo. Campesinos marginados y dejados a su suerte. Familias pobres pero emprendedoras que como pocas han forjado a Colombia, con sus bondades y sus múltiples falencias, que antes que acorralar se deberían apoyar con firmeza y convicción.
Porque además de la suerte de éstas y su supervivencia honrada depende el futuro en paz de Colombia .