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DIFÍCIL NO IDENTIFICARSE CON MÁS de uno de los caracteres o las situaciones cotidianas que describe el psiquiatra Carlos Climent en su libro Los tiranos del alma.
Comportamientos humanos tomados de sus horas de psicoterapia. Treinta años de escuchar historias humanas, tan comunes que se vuelven casi comportamientos arquetípicos, y que confirman que la normalidad no es más que una falacia tramposa y que todo ser humano con sus historias personales arrastra profundos trastornos emocionales.
La tesis que desarrolla Climent en el libro, a partir de casos concretos, es que los tiranos del alma son aquellas enfermedades ocultas, que se instalan y conviven camufladas con la máscara de la “normalidad” mientras corroen lentamente el alma. Están ahí presentes y logran atravesarse e impedir la realización de ideales y propósitos. Drásticas e inamovibles si no se encaran, hasta conseguir destruir la creatividad, cortar las alas de libertad y obstaculizar todo aquello que cargue de fuerza al individuo en la tarea de construir su camino vital sin prejuicios ni patrones a imitar.
Empieza por destruir los mitos que desorientan y confunden. El mito de la felicidad completa, el de la familia modelo, el de los padres perfectos, el de “yo puedo cambiarlo(a). Y también aquellas falsas metas que se trazan los individuos, atrapados casi siempre en imposiciones ajenas, asociadas a la hipocresía social. Climent llega lejos en su esfuerzo por describir conductas humanas que se perfilan desde el colegio, en las relaciones familiares y toman forma en la vida adulta, en el trabajo y en los múltiples escenarios sociales. Le gasta varias páginas a describir al hipócrita, frío y calculador, incapaz de verse sus propias faltas, pero con habilidad para encontrarlas en los demás, que sabe acomodarse y cambiar en instantes la sonrisa por una cara agria en función de la persona que tenga al frente; grandes aduladores que se humillan frente a los poderosos.
Tipifica la gente de la mentira, intolerantes con la crítica, aferrados a la imagen pública, capaces de sacrificar a quien se les atraviese en el camino con tal de lograr su imagen de perfección. Al arribista, decidido a progresar de manera rápida y sin escrúpulos, y a escalar socialmente para lograr reconocimiento, aturdido de la ambición de poder y dinero. Los malabaristas sociales y políticos, esclavos de patrones por imitar. Describe al desleal, al traidor, al conformista, al cobarde, en fin, la gama de caracteres que conviven socialmente y que cargan frustraciones y disfuncionalidades que se camuflan tras la apariencia de “normalidad”. Climent los desenmascara sin pudor con una agudeza temeraria que termina por transmitir una zozobra que cuestiona el circo social en el que transcurre la vida humana, donde, como diría El Principito, lo esencial es invisible a los ojos.
Pero su posición no es fatalista, su conocimiento de la conducta humana busca ser de utilidad. Los tiranos del alma son derrotables. Se trata de identificarlos, encararlos y vencerlos. Para lograr avanzar en la búsqueda de la libertad que le permita a cada quien vivir en sus propios términos, sin agredir a los demás y en convivencia social, pero sin falsas ataduras ni modelos subyugantes. Esa es su invitación.