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SI EL PRESIDENTE URIBE ESCUCHAra a la gente, con el interés con el que lo ha hecho semanalmente durante 8 años, tal vez habría actuado de una manera diferente frente a Venezuela.
Los errores, muy seguramente, habrían sido menores. Quien se aproxime seriamente al país real, lejos de las interferencias de la parafernalia del poder, puede confirmar que la gente sencilla de Colombia, la que vive en el corre corre de la cotidianidad, aquella cuya preocupación mayor es sacar adelante a su familia y asegurar un ingreso que garantice que sus hijos no repitan sus privaciones, no quiere más conflicto. Quisieran, y no sólo los habitantes de la frontera, que dejara de ahondarse el abismo que se ensancha entre dos países históricamente hermanados y que finalmente se necesitan. Los presidentes Uribe y Chávez han colocado su rivalidad mesiánica y sus rencillas personales por encima de los intereses de la gente que los eligió y apostó por su liderazgo y buen tino.
Vano trabajo insistir en las denuncias y pruebas, en los videos, para acentuar el desprestigio internacional de Chávez, como hizo el embajador Hoyos en el escenario de la OEA. Es de público conocimiento nacional e internacional la presencia, hace años, de las Farc y el Eln en la frontera, en un territorio enorme, sin mojones económicos, sociales o de soberanía cuyos linderos se disuelven en la inmensidad del llano y de la selva. Es conocida la posición de Hugo Chávez frente a la guerrilla colombiana y de su compromiso con el diálogo como salida al conflicto interno, como lo demostró al aplicarse diligentemente a la misión que a finales de 2008 le encomendó el presidente Uribe, de buscar un acercamiento con las Farc con miras a la liberación de los secuestrados. Fue ese el mejor momento de las relaciones entre los dos presidentes, que terminó en frustración, casi que en una burla internacional a Chávez y a quienes lo acompañaron en el empeño, cuando se reveló la historia de Emmanuel. El presidente Uribe siguió entonces en Villavicencio el libreto que repitió el embajador Hoyos en la OEA el jueves pasado: desnudar con evidencias a las Farc y la relación de Chávez con éstas, en un escenario mediático, frente a la comunidad internacional. Un libreto que completó el Presidente venezolano con su reacción de ofensas e insultos, como preámbulo de la ruptura de relaciones entre los dos países.
Una ruta equivocada que ha llevado a un pulso sin vencedores ni vencidos, sin vítores ni aplausos. Una ruta que desconoce groseramente la nueva dinámica del mundo, de las relaciones globalizadas, distante de los viejos rencores y de las confrontaciones ideológicas izquierda/derecha, revolucionario/reaccionario, en las que siguen atrapados estos dos gobernantes criollos y tercermundistas. Dos rivales mesiánicos que han metido a sus países en una pugna estéril que es urgente superar para poder orientar las energías, los recursos económicos y la riqueza humana en una dirección más constructiva, y así evitar que el abismo entre los dos países se haga dolorosa e irremediablemente insondable. Santos lo sabe y, con el pragmatismo que se le conoce, parece estar dispuesto a encontrar una salida.