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La única novedad de estas elecciones presidenciales sería el triunfo de una de las dos mujeres que compiten: Marta Lucía Ramírez o Clara López.
Las dos mujeres, que aparecen empatadas en el último lugar de las encuestas con 6% de favoritismo, son consistentes y preparadas académicamente, con trayectoria en cargos públicos y un pasado para mostrar. Ambas son capaces de plantear una manera distinta de gobernar.
A un mes de la contienda puede decirse que aún no ha pasado nada y que los candidatos están en el punto cero de la campaña. Emparejados por lo bajo y punteando los indecisos que, sumados al voto en blanco, siguen siendo la mayoría. Santos, a pesar de todas sus gabelas presidenciales —¡nefasta reelección!—, no logra remontar su 23%, y el incremento de Óscar Iván Zuluaga y Enrique Peñalosa es marginal frente a la dinámica electoral. Las dos mujeres siguen sin despegar.
Las fórmulas vicepresidenciales son inexistentes ante la opinión pública. Los argumentos tampoco marcan diferencias sustantivas. En fin, el aburrimiento por lo anodina de esta campaña sigue siendo pues su rasgo principal, con candidatos sin carisma ni arrastre, cuyos planteamientos no calan ni entusiasman.
En ese escenario, la única novedad que habría para Colombia en el período 2014-2018 sería la llegada de una mujer a la Presidencia. La opción estaría entre Clara López, nacida en el corazón del establecimiento y con posiciones de izquierda desde su temprana juventud, o Marta Lucía Ramírez, una representante de la clase media colombiana, sin privilegios y hecha a pulso, como se describe en su video autiobiográfico —pieza publicitaria central de su campaña—, con ideas de centro derecha. Ambas tienen una gran ventaja frente a los candidatos masculinos: ser mujeres con convicción. Y haber actuado en su vida pública sin veletismo ni oportunismo pragmático, la enfermedad de nuestros políticos contemporáneos.
Qué bien le haría a Colombia el refresque de una mujer en la Casa de Nariño. Como dice Michelle Bachelet, la reelegida presidenta de Chile, quien dejó su primer gobierno con un 86% de favoritismo, “las mujeres le aportan un plus a la vida pública, son capaces de comprometerse con los cambios”, porque la tenacidad y la persistencia forman parte del decálogo existencial de cualquier mujer.
Las diferencias de género existen y son profundas y muy marcadas en el ejercicio de la política y del poder, en el que no hay aún suficiente tradición histórica —no ha habido más de 20 presidentas de gobierno desde el fin de la Segunda Guerra Mundial—. La forma de resolver los problemas y encontrar soluciones es distinta, siempre con más firmeza y rectitud. Y con menos trampa.
Desmond Morris, autor del best-seller El mono desnudo —20 millones de ejemplares vendidos—, conocedor como nadie de la biología de los seres humanos, lo dijo sin titubeos: “Mucho mejor nos iría si las mujeres se hicieran cargo de la gran mayoría de las organizaciones. Si dirigieran el mundo político en lugar de los hombres. No creo que ellos estén hechos para la política. Las mujeres son más prudentes por motivos genéticos y no van a cometer equivocaciones estúpidas”. ¡Equivocaciones de las que en Colombia estamos hartos!