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ADEMÁS DEL EFECTO POLÍTICO QUE tiene la decisión de la Corte Constitucional de hundir por vicios de fondo y de forma la ley votada bajo insoportable presión oficial que convocaba a un referendo para la re-reelección del presidente Uribe, el histórico fallo deja un importante saldo pedagógico.
Le dejó en claro no sólo a los uribistas, al Presidente y sus funcionarios, sino a la sociedad toda, que por el atajo no se llega a la meta, que finalmente no paga tomarlo. Que, aunque los espejismos engañan, el atajo no siempre resulta. Una lección ética que la ciudadanía debe asimilar y sobre todo los actores políticos proclives como pocos a tomar el atajo para conseguir resultados inmediatos.
Difícil un trámite más tortuoso e irrespetuoso como el que hemos presenciado en el intento vano de cambiar la Constitución con el fin de atornillar en el poder a un gobernante en concreto. Para lograrlo, violaron todas las reglas de una manera tan torpe y grosera, sintiéndose por encima de las leyes, en un acto de soberbia que les salió bien caro. Sus promotores terminaron convertidos en sus sepultureros. Con paciencia democrática y tranquilidad republicana en el respeto a la Constitución y a su reforma para la primera reelección, el presidente Uribe hubiera podido aspirar nuevamente en 2014. La angurria y el afán terminaron enterrando también esa posibilidad.
Fue una violación sistemática de las leyes. Lo hicieron desde el primer día de la recolección de las firmas, para lo cual acudieron al atajo de la chequera brincándose los topes legales en más de cuatro veces. El Registrador advirtió la irregularidad y no firmó el concepto sobre cumplimiento de las normas de financiación, indispensable para iniciar el trámite legislativo. No les importó, siguieron adelante con la seguridad de contar con la aplanadora de las mayorías uribistas en el Congreso, aceitadas a punta de gabelas, contratos, puestos y prebendas en ejercicio de la peor politiquería que tanto atacan de palabra. La iniciativa pasó forzada en la Cámara con el fórceps del transfuguismo de cinco militantes de Cambio Radical con lo que consiguieron una mayoría teñida de ilegalidad.
Ocho años de poder han dejado nuestras débiles costumbres políticas aún más infectadas y debilitadas. La terquedad del Presidente de sostener ministros y altos funcionarios a pesar de su mediocridad y en algunos casos hasta de investigaciones judiciales en su contra, ha creado el nefasto precedente de que todo vale. Tiempos tan largos en el poder, manipulando vigilancias, enceguecen y envanecen. El cinismo y la arrogancia se han propagado como un virus entre muchos funcionarios del Gobierno, convertido en el talante imperante, el sello y estilo de la administración. Son olímpicos.
Con su ejemplo la Corte dejó en claro que no todo el mundo es transable, que las personas no son semovientes a los cuales puede ponérseles un precio, una convicción generalizada en este gobierno. Reivindicó a la justicia colombiana y sus instituciones y veló por la integridad de la Constitución. Demostró que el fin no justifica los medios y que por el atajo no se llega lejos. Ojalá se haya aprendido la lección.