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Un joven de 78 años

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Fue José Mujica, el siempre sorprendente Presidente del Uruguay quien se atrevió a hacerlo. “Alguien tiene que ser el primero”, había dicho el año pasado cuando decidió comprometerse con la Ley de regulación de la marihuana.

A sus 78 años tiene una mente joven, abierta. Audaz, provocador e independiente a la hora de gobernar. No le teme a los poderes establecidos y actúa con convicción. Sabe, como saben todos los gobernantes del planeta, que la prohibición y la represión como mecanismo para enfrentar la producción y el consumo de droga ha fracasado. Se ha pagado un alto precio en dinero, en vidas humanas y los efectos de la descomposición social en términos de valores es inmenso.

La propuesta de regulación del consumo de la marihuana que acaba de ganar su primera batalla en la Cámara de Uruguay y que Mujica va a defender en la próxima Asamblea de Naciones Unidas, pretende regular la cadena completa: desde la producción y distribución, hasta el consumidor final. El proyecto aprobado permite la creación de clubes de autocultivo que podrían tener hasta 45 socios, fija en 40 gramos la cantidad mensual máxima de marihuana que se podrá comprar en una farmacia —consecuente con las investigaciones que muestran la bondad de algunos de sus usos terapéuticos— y en 6 el máximo de plantas que se podrán tener en un domicilio.

Su pretensión es arrebatarle a las mafias la ilegalidad del negocio, y va de la mano de campañas pedagógicas para desactivar las adicciones, una política de salud pública y la prohibición para conducir con bajo los efectos de la cannabis. La iniciativa obviamente le entusiasma a la Comisión global de políticas de drogas en la que tienen asientos varios ex Presidente latinoamericanos —Gaviria, Cardoso y Zedillo—, buenos para el discurso y los foros pero flojos para actuar porque cuando pudieron hacerlo, se doblegaron a la política represiva norteamericana contra las drogas y siguieron al pie de la letra el libreto contribuyendo a sembrar muerte y destruir millones de hectáreas de tierra a punta de las fumigaciones de glifosfato.

Esta claro que la prohibición es la que ha asegurado la altísima rentabilidad del negocio de la droga y en el caso colombiano, se sabe que es el combustible de la guerra. Una regulación responsable seria el primera paso para transformar esta dinámica. Sin embargo en nuestro país antes que avanzar se ha retrocedido. A excepción de los intentos puntuales con programas piloto del alcalde Gustavo Petro en Bogotá, desde que la Corte Constitucional aprobó el consumo mínimo hace ya casi una década, el Congreso no ha sido capaz de moverse un centímetro hacia la reglamentación y por el contrario cada vez hay voces más cavernarias, lideradas por el ex Presidente Uribe y el Procurador Ordoñez que se oponen a cualquier paso hacia adelante. Una vez más caminando hacia atrás, como el cangrejo.

Adendum. Da gusto ver el entusiasmo de los caleños alrededor de los Juegos Mundiales. Hace mucho tiempo que no se vivía un espíritu colectivo en torno a un propósito que ojalá signifique el comienzo de un reencuentro con la identidad perdida desde la negra década de mediados de los años 80 cuando precisamente el narcotráfico empezó su arrasar con la ciudad.

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