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EL ESCÁNDALO DE LAS CONTRATAciones en Bogotá crece como bola de nieve y el alcalde Samuel Moreno es el responsable político.
Por ineptitud, indiferencia o complicidad no ha puesto orden en la casa y resulta sospechoso que hiciera oídos sordos a las alertas tempranas sobre los serios indicios de irregularidades en licitaciones y millonarios contratos de obras públicas. Pero, además, es imposible no asociarlo con su hermano el senador Iván, hoy en el ojo del huracán, y con investigaciones en la Procuraduría y la Corte Suprema por denuncias que lo vinculan al llamado carrusel de la contratación.
No es con poemas de Neruda, ni jugando a la víctima de supuestas calumnias y consejas, como el Alcalde va a arreglar las cargas. Y apelar a la figura del “abuelito”, el ex dictador Gustavo Rojas Pinilla, y al rollo de la persecución política a su familia, tampoco les servirá a los hermanitos para limpiar su imagen o rescatar la del Polo, también en problemas porque, partido de gobierno, no puede evadir la responsabilidad que le cabe en el estropicio y, sobre todo, porque su presidenta, Clara López, hizo parte de la administración.
Pero en lugar de coger el rábano por las hojas y pedir cuentas, el consejo directivo, cooptado por la Anapo, se montó en la teoría de la conspiración para destruir al Polo, de la que harían parte algunos miembros (léase Petro) y el uribismo. Cortina de humo: una cosa es la corrupción en la Alcaldía y otra la persecución que el gobierno de Uribe le montó al Polo. Pero ante los señalamientos por su falta de coherencia, ahora dicen que van a esperar los fallos de la Justicia. Mejor dicho, hasta que San Juan agache el dedo, si lo agacha, porque los casos de corrupción rara vez terminan con los responsables en la cárcel, pues saben asesorarse de abogados-aviones para no dejar huella.
El problema del Polo no es judicial, es político. Por eso algunos dicen que rectificar podría salvarlo, que la crisis es la oportunidad para recuperar el norte. Yo creo, en cambio, que sólo podría salvarse si se deshace del lastre de la Anapo que es el germen de su destrucción. Viejo y amplio es su historial en materia de clientelismo y corrupción: desde cuando su fundador, el “abuelito” Rojas Pinilla, estuvo en el poder y su hija María Eugenia —madre de los vástagos— se convirtió en la “Evita” de los pobres.
La dictadura de Rojas estuvo rodeada de escándalos —llegaron incluso a las páginas de Time (1956)—, el General fue acusado en el Congreso por abuso de poder, enriquecimiento ilícito, violación de la Constitución e indignidad en el ejercicio de la Presidencia. El Senado lo condenó por el último cargo, lo despojó de sus derechos civiles y ordenó investigaciones penales (siete años después el Tribunal Superior de Cundinamarca le restituyó sus derechos). Décadas después, el paso del nieto Iván por la Alcaldía de Bucaramanga a nombre de la Anapo (2000-2003), y de la mano de su madre La Capitana, dejó una estela de escándalos y a la ciudad sumida en la quiebra. Y desde 2003, el clan Moreno encontró en el Polo terreno para consolidarse y apostarle a conformar mayorías, no precisamente en función del Partido, sino de sus propios intereses. Para ellos no parece haber límites entre lo público y lo privado.
Ahí están, esos son y con ellos a la cabeza, la Anapo contaminó al Polo hasta los tuétanos y lo pervirtió. Ya nadie lo ve como proyecto político alternativo, ajeno a prácticas corruptas y clientelistas, pese a que, como todos los partidos, tiene representantes libres de toda sospecha.