Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
“A la gente hay que creerle”, dicen que decía Laureano Gómez, y el presidente Santos dijo creer en la versión del general Rubén Darío Alzate sobre las razones por las cuales violó los protocolos de seguridad y se metió en la boca del lobo exponiendo su vida y la de sus dos acompañantes.
También le creyó el comandante del Ejército, general Jaime Lasprilla, quien dijo haber corroborado la historia con el soldado que conducía la lancha y los comandantes del batallón y de la brigada en Quibdó. Pero testimonios obtenidos por las autoridades y los medios luego del suceso contradicen la información ‘uniformada’, y el grueso de la opinión no se tragó el cuento.
Somos suspicaces frente a las versiones oficiales, y en especial a las de los militares, pues curados de espantos luego de tantos años de conflicto armado y varios intentos de paz fracasados, sabemos que en la guerra la primera sacrificada es la verdad, que la desinformación es un instrumento más de combate. De ahí que, en medio de información contradictoria y versiones de todo calibre, la tardía declaración del general Alzate pareciera acomodada, edulcorada para suavizar el gravísimo error militar, un error de juicio que puso en jaque el proceso de paz, en problemas a la institución y que le costó la cabeza.
Eso explica en parte por qué a la hora de dar la cara estuvo acompañado solo por su esposa y sus hijos. Nada de generales cuajados de condecoraciones como telón de fondo para respaldarlo, ni presidente, ni ministro de Defensa. Triste fin para un oficial con 33 años de servicio, pero no tenía otra salida que dar un paso al costado y lo dio, como dijo, por el honor militar. Pero… ¿fue una decisión autónoma o acordada para darle una salida digna?
En todo caso, su retiro no cierra el capítulo, como dijo —y quisiera— el presidente Santos. El ministro de Defensa deberá atender una citación del Congreso para dar las explicaciones del caso; la Fiscalía citó a entrevista al general y a sus acompañantes, y el procurador Ordóñez lo convocó para oír de primera mano la versión de los hechos, antes de “masacrarlo”, porque hay muchos interrogantes por despejar. Razón tiene, pero creo que aun si el procurador llegara a conocer la verdad verdadera sobre el episodio, los de a pie seguiremos en babia, dando rienda a la especulación bajo el principio del “piensa mal y acertarás”, nuestra criolla versión de la duda metódica cartesiana.
¿Qué quiso decir el general cuando se refirió a la “insolidaridad de la institucionalidad”? Si es cierto que consultó información de inteligencia, ¿falló la inteligencia militar, se equivocó en la interpretación de la que recibió, le dieron falsa información con perversas intenciones? Preguntas inevitables cuando hay sectores de las FF.MM. que rechazan y conspiran contra el proceso de paz, y antecedentes de información reservada que llega primero al gran opositor Uribe que al Gobierno.
El capítulo del general no está cerrado y la verdad seguirá siendo esquiva, pero uno de sus apartes, la foto al lado del guerrillero Pastor Alape (obligada, según él), que tanto irritó a tantos, es sintomático —como bien lo señaló Arturo Wallace, corresponsal de la BBC de Londres— de lo lejos que siente Colombia el fin del conflicto y de lo lejos que parece estar de la reconciliación. Una impresión que confirma la encuesta de Datexco (El Tiempo, dic. 5): el 70% no cree en la voluntad de las Farc para llegar a un acuerdo de paz. Es esquiva la fe en el proceso de La Habana, como esquiva la verdad sobre el caso del general.