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Estamos mamados de la guerra

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No es fácil hablar sobre la posibilidad de usar la llave de la paz para negociar con las Farc cuando aún están frescas las imágenes del atentado contra el exministro Fernando Londoño —al parecer cometido por esa organización—, pues nutren de argumentos a los partidarios de la solución militar.

Y tampoco es fácil encontrar señales positivas en la entrega del periodista francés Roméo Langlois, si prevalece la interpretación primaria y simplista del show mediático de las Farc. Es una ingenuidad pretender que las partes de un conflicto no usen políticamente, según sea el caso, una liberación unilateral o un rescate. Para sólo citar un ejemplo, ¿no fue lo que hicieron también el presidente Uribe y su entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, con la liberación de 15 secuestrados, entre ellos Íngrid Betancourt, tras la ‘Operación Jaque’, en julio de 2008? ¿No montó el Gobierno un show en el que Uribe mismo condujo las entrevistas a los recién liberados? Como dijo Foucault invirtiendo la famosa sentencia de Clausewitz, “la política es la continuación de la guerra por otros medios”.

Langlois no descubrió el agua tibia cuando dijo que con su secuestro “se hizo política de lado y lado”, y tampoco cuando afirmó que el conflicto está vivo. Obviedades que, sin embargo, no logran ocultar que hay algo más detrás del show que montaron las Farc para su liberación. Con su entrega, con el respeto por su condición de periodista y con las disculpas que le ofrecieron por haberlo retenido, las Farc dieron una señal de respeto por el derecho internacional humanitario que antes no habían dado. Un avance en la dirección de la regularización de la guerra, planteamiento que Timochenko ya había hecho en una carta dirigida a Santos a comienzos de este año.

Por otra parte, y pese a que hicieron parte del show, no pueden pasar inadvertidos los mensajes de las pancartas que llevaban algunos de los civiles, presumiblemente aliados de las Farc, en la entrega del periodista: “Viva la paz con justicia social”, “Las madres de guerrilleros y soldados exigimos poner fin a la guerra”. Mensajes en el sentido de que la paz se construye con participación de la sociedad, a los que habría que sumar el contenido del comunicado del Secretariado leído tras la entrega —en el cual las Farc dicen querer la paz y que el camino para lograrla es “el de la unidad popular”— y el de la carta que Langlois lleva para el gobierno francés, donde reiteran ese deseo y afirman que están cansados de la guerra.

La misma retórica de siempre, dirán los escépticos, y razones tienen para pensar así. No obstante, me incluyo entre aquellos que, a pesar del escepticismo, el rechazo a las Farc y la desconfianza en sus pronunciamientos, aún nos aferramos al retazo de esperanza que queda y queremos pensar que la paz es posible, que hay una nueva ventana de oportunidad que es necesario explorar. El presidente Santos, que asegura tener la llave de la paz en el bolsillo, debe oír con cuidado los nuevos mensajes y persistir en la búsqueda de la solución política, con audacia y creatividad, porque no pueden repetirse los errores del pasado.

Porque si es cierto que las Farc están cansadas de la guerra, mucho más lo estamos quienes descreemos de su inevitabilidad, los que no queremos más muertos inútiles, más héroes que dejan viudas y huérfanos, los que creemos que ante el fracaso de las balas para ponerle fin al conflicto, negociar parece ser la salida. ¿Cuándo y cómo? Las circunstancias lo dirán. Por lo pronto, la única certeza es que la mayoría de los colombianos estamos mamados de la guerra.

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