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PARA COLMO DE LA DEGRADACIÓN de la política y de la pobreza del debate en la campaña presidencial, hemos llegado a la fase de la guerra sucia, la etapa “superior” de la estrategia de la combinación de todas las formas de lucha. Pasamos de la fase de las descalificaciones, los agravios, los insultos y los ataques personales, a la de los escándalos, los golpes arteros y las puñaladas traperas, que tiene como protagonistas principales a las campañas de Santos y de Zuluaga, por ahora los más probables contendores de la segunda vuelta.
Dos escándalos, uno por cada campaña. El primero, la revelación sobre una propuesta de negociación que un grupo de narcotraficantes hizo llegar al presidente Santos por medio del polémico asesor J. J. Rendón, gestión en la cual habría participado también Germán Chica, cercano colaborador del presidente, y por la cual los narcos dijeron haber pagado 12 millones de dólares, produjo las renuncias de Rendón y de Chica, y la del furibista exministro Fernando Londoño, a su columna en El Tiempo.
El segundo, la captura de Andrés Fernando Sepúlveda, vinculado a la campaña de Zuluaga y acusado de tener una oficina de interceptaciones ilegales y de traficar con información para sabotear el proceso de La Habana, que desembocó en la salida de Luis Alfonso Hoyos, mano derecha del candidato y director espiritual (???) de la campaña, luego de que RCN Noticias revelara que Hoyos llevó al hacker al noticiero y lo presentó a su director, Rodrigo Pardo, como un experto en inteligencia que tenía información según la cual las Farc estaban amenazando a la gente para que no votara por Zuluaga sino por Santos.
Dos campañas en pugna, múltiples interrogantes y un denominador común: J. J. Rendón, experto en márketing político, campañas sucias y propaganda negra, exsocio de Chica y con quien Sepúlveda y su esposa, Lina Luna —también vinculada a la campaña de Zuluaga—, han trabajado en varias campañas, incluso en el exterior. Los candidatos se defienden y sus defensores de oficio repiten como letanía las palabras complot y montaje. Nadie cree nada o, lo que es lo mismo, cree todo, es decir, que lo más vil, mezquino y bajo es posible, que ninguna campaña está libre de culpa.
En medio del descreimiento, la desconfianza y el asco generalizados, una certeza: producir o gestionar escándalos mediáticos es uno de los campos de acción trabajo, de las tácticas de los estrategas políticos. La planeación de una campaña no sólo incluye formas de blindar a los candidatos para enfrentar potenciales escándalos, para manejar crisis y controlar daños. También contempla planes ofensivos para provocar escándalos con el fin de desprestigiar y perjudicar al adversario, de provocar renuncias (sucedió tras los escándalos de la semana) e incluso de llevar a los implicados a enfrentar procesos penales (la Fiscalía abrió investigación por los 12 millones de dólares que supuestamente recibieron Rendón y Chica, muy cercanos a Santos, y ordenó la detención del hacker, colaborador de la campaña de Zuluaga).
Para generar un escándalo basta con que la acusación sea verosímil, no necesita ser veraz. Hay un arsenal de recursos para generar esas situaciones explosivas (J. J. y sus pupilos los conocen y los usan), y como constituyen bocados de cardenal para los medios, con alguna frecuencia producirlas o gestionarlas responde a decisiones expresas, no surgen por casualidad ni son casos fortuitos. ¿No sería eso acaso lo que, sin éxito, intentó hacer Hoyos, la mano derecha de Zuluaga, por intermedio de RCN?
Las fuentes son interesadas, lo sabemos los periodistas, y en una situación de aguda polarización, en la que no hay contendores y juego limpio sino enemigos y guerra sucia, el riesgo de escándalo crece. Están jugando con candela.