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Ha sido carátula de revsitas tan como Time, Vanity Fair, The Advocate (dirigida a los homosexuales), Forbes en su edición española, The New Yorker y Rolling Stone, y aunque no es una figura para medir en los sondeos de opinión, el papa Francisco I lo fue en la gran encuesta mundial de la cadena Univisión, que consultó la opinión de más de 12 mil católicos en los 12 países que concentran el 61% de la población católica del mundo, sobre seis temas muy sensibles: anticoncepción, aborto, comunión a los divorciados, matrimonio de sacerdotes, sacerdocio femenino y matrimonio igualitario. De sus variopintos y contradictorios resultados surgen dos grandes conclusiones.
La primera, que el papa goza de inmensa favorabilidad: el 87% apoya su gestión. No hay duda de que en los 11 meses de pontificado ha sido como una bocanada de aire fresco en el anquilosado Vaticano y que los fieles aprecian su lenguaje llano, sus gestos sencillos y su propósito de que la iglesia se baje de las nubes y se acerque a la gente para aliviar sus angustias y problemas.
La segunda, que la iglesia —entendida como la comunidad de los bautizados— está dividida. Hay un abismo entre los fieles de Filipinas y África, y los católicos de Europa, Estados Unidos y América Latina: los primeros, muy conservadores, se muestran fieles a la doctrina, mientras que la mayoría de los segundos refleja una profunda desconexión con las enseñanzas de la iglesia sobre el aborto, el divorcio, el control natal y la comunión a los divorciados. Pero además hay diferencias entre los católicos de Europa y Estados Unidos y los latinoamericanos frente al sacerdocio femenino y el matrimonio de los curas. Sólo en un punto coinciden las mayorías en todos los países donde se hizo la encuesta: el rechazo al matrimonio entre personas del mismo sexo.
El papa Francisco, quien registra un apoyo casi unánime de los creyentes, enfrenta una realidad compleja, la de una iglesia con el ‘corazón partío’, no una iglesia universal. Será la misma realidad que reflejen las respuestas al cuestionario que hizo llegar a todas las diócesis del mundo, con el propósito de conocer la opinión de los fieles sobre los mismos asuntos. Una movida política, según prestigiosos vaticanistas, pues su objetivo es mostrarles a los obispos conservadores presentes en el sínodo sobre la familia convocado para octubre, que la mayoría de los creyentes quieren cambios.
No será fácil para Francisco I tomar decisiones para una comunidad llena de contradicciones, para una iglesia dividida entre los que siguen anclados al pasado y los que miran hacia el futuro, entre los que creen que la doctrina es pétrea, inmodificable, y quienes consideran que debe responder a los reclamos de los creyentes, a los cambios sociales y a los dilemas existenciales del hombre de hoy. Y sobre todo de los jóvenes, los más críticos y los más renuentes a aceptar imposiciones morales que no comparten, y de quienes depende en buena medida la supervivencia futura de la iglesia.
Así las cosas, el gran desafío para el papa Francisco es lograr —sin traicionar los dogmas— un aggiornamento entre los principios católicos y un mundo secularizado en el que los avances de la tecnología y la ciencia han modificado, entre otros, el concepto sobre el sexo y las relaciones sexuales, y donde comportamientos que condena la doctrina son el pan de cada día.
El papa ha insistido en la necesidad de dejar la obsesión por cuestiones de carácter moral y comprender los problemas de la gente, pero no ha dicho que quiere modificar la doctrina. Por eso me temo que los católicos que esperan que Francisco I pase de las palabras y los gestos a los hechos, se quedarán mirando un chispero. El cambio será sólo de actitud, más misericordiosa y comprensiva, no de cartilla.