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LA SEMANA SANTA DEBIÓ SER UN verdadero viacrucis para el papa Benedicto XVI y este domingo no será propiamente de Pascua, pues la reciente oleada de denuncias sobre casos de pederastia en el seno de la Iglesia indica que el fenómeno supera la teoría de las manzanas podridas.
No obstante los golpes de pecho y los mea culpa por los curas depravados que convirtieron la vida de miles de niños en un infierno, el Papa parece sitiado por los hechos, tozudos que son. Y es que algunos lo involucran, si no por acción sí por omisión, cuando era obispo de Munich primero, y luego como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la moderna Inquisición, encargada de la defensa de la doctrina y la moral), cargo que asumió en 1981 y dejó en 2005 tras asumir el Pontificado.
Conocedores de los intríngulis vaticanos sostienen que en su condición de gran inquisidor ordenó que las acusaciones contra sacerdotes por abuso sexual fueran investigadas bajo absoluto secreto y que en una carta que dirigió a los obispos en 2001, insistió en la necesidad de guardar secreto sobre los graves abusos de los curas so pena de excomunión.
Oscuros nubarrones ensombrecen el papado de Benedicto XVI y mientras el mundo se pregunta quién demonios dentro de la Iglesia habla por las víctimas, el Vaticano se atrinchera y para defenderse y minimizar la impresión de que se trata de un fenómeno masivo en la Iglesia, acude al fácil expediente de la generalización diciendo que está presente en toda la sociedad. Para rematar, apela a la teoría de la conspiración y asume el papel de víctima, trillada estrategia que ha sido desvirtuada por el cúmulo de denuncias que revelan la tolerancia de las jerarquías con los curas pedófilos.
Obispos y cardenales se acostumbraron a barrer el polvo debajo de los tapetes y a lavarse las manos como Pilatos trasladando de diócesis a los culpables en lugar de llevarlos a los tribunales. La ley del silencio, el tapen-tapen, la doble moral han prevalecido desde hace décadas en la Iglesia, todo en aras de guardar las apariencias. Incluso el Código Canónico, pródigo en garantías, protege al máximo los derechos y la intimidad de los acusados y ha sido una talanquera para frenar o castigar la pederastia de los curas.
Me pregunto si esa “omertá” y la complicidad de quienes tenían en sus manos la potestad para haber puesto coto a esa situación, han creado condiciones propicias para que individuos desviados busquen en la sotana un refugio seguro para sus delitos, esos que sus superiores piadosamente llaman pecados y que han callado con el hipócrita argumento de la caridad cristiana, caridad que no tuvieron con las víctimas.
Produce indignación esa tendencia a ver los abusos sexuales de los curas desde la óptica del pecado y no del delito, y que la Santa Sede pretenda desconocer que el encubrimiento y la denegación de justicia están contemplados en los códigos penales.
Si la Iglesia, y concretamente el Papa, quieren recuperar credibilidad deben demostrar que son capaces de llevar a los culpables a los tribunales de este mundo y no esperar al bíblico Juicio Final. Las víctimas exigen justicia, no justificaciones ni los tardíos golpes de pecho del Papa.