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La violencia, conducta de incapaces

María Elvira Samper
03 de diciembre de 2011 – 08:00 p. m.

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Conmovedor el testimonio del magistrado de la Corte Suprema de Justicia Jaime Arrubla, que decidió hacer público su dolor privado: la muerte de su esposa Consuelo Devis, luego de 14 años en coma profundo tras un accidente de tránsito.

Noble y altruista propósito el de compartir una experiencia tan personal e íntima, pues sabe que muchos viven y han vivido situaciones similares, en silencio, impotentes, atenazados por dilemas éticos y conflictos morales y religiosos. El magistrado se pregunta si en casos como el de su esposa, que según la ciencia médica no tienen recuperación posible, se justifican decisiones heroicas, someter a los pacientes a procedimientos mecánicos intensivos con la única finalidad de prolongarles la vida en forma artificial (“ensañamiento médico” los llama), de hacerles más larga la agonía.

El testimonio conmueve y conmociona por el sufrimiento que revela, las preguntas que plantea y las reflexiones que suscita sobre el derecho a morir con dignidad, pero también, y en especial, por el dramático contraste que establece con la vil y cobarde acción del frente de las Farc que ejecutó a cuatro miembros de la fuerza pública: Édgar Yesid Duarte, Elkin Hernández, Álvaro Moreno y José Libio Martínez. Un contraste entre civilización y barbarie, para ponerlo en los términos más extremos. Mientras el jurista hace un planteamiento filosófico y existencial en el sentido de que el derecho fundamental a vivir en forma digna implica también el de morir con dignidad, las Farc envían el mensaje contrario, el del desprecio por la vida de los secuestrados que para ellos sólo tienen valor de cambio —político o económico—, y la muerte como retaliación. Acorralados por el Ejército y obligados a huir, incapaces de compasión, los guerrilleros asesinaron a los rehenes a quemarropa y por la espalda. Sus vidas ya no eran transables.

Paradójicamente, las dos historias se desarrollaron más o menos en el mismo periodo de tiempo, una en Medellín, otra en la selva: Édgar, Elkin, Álvaro y José Libio vivían en cautiverio, sometidos por las Farc a todo tipo de vejámenes, atropellados su dignidad y sus derechos fundamentales, y Consuelo, privada de conciencia y en estado vegetativo, era cuidada con amor por su familia, en medio de grandes sacrificios y sufrimiento. Insisto en el contraste porque ilustra en forma descarnada la deshumanización que produce la guerra, y porque pese a ello y al sinsentido de un conflicto que se acerca a los 50 años, la mayoría no quiere siquiera oír el verbo “negociar”. La indignación y el repudio, explicables, no permiten pensar con cabeza fría más allá de la coyuntura.

La posibilidad de una solución negociada en lugar de acercarse se aleja, y ganan terreno los defensores a ultranza de la guerra. Seguiremos, entonces, viendo caer cabecillas y surgir, uno tras otro, sus remplazos; y sumaremos más civiles y soldados muertos, y continuaremos con el récord de tener el conflicto más antiguo del mundo. Mientras entre 2005 y 2009 terminaron conflictos en Indonesia, Irlanda del Norte, sur de Sudán, Nepal, Costa de Marfil, Burundi y 18 países más, y el año pasado cinco grupos dejaron las armas por medio de una negociación en Etiopía, Somalia, Sudán, India y Myanmar, el nuestro se prolonga y tal como van las cosas prevalece la apuesta militar.

No creo posible la aniquilación de las Farc, tampoco su rendición —prefieren morir por “la causa”, como Cano, y como Timochenko sugiere que lo harán él y su tropa—. “La violencia es la conducta que asumen los que son incapaces de imaginar otras soluciones para los problemas que se les presentan”, dice Vicenç Fisas, experto en resolución de conflictos*. ¿Vamos a renunciar a imaginar salidas distintas a la guerra? ¿Somos tan incapaces, o tan pendejos como dice el presidente Santos?

* Fisas, Vicenç, La paz posible (Intermon Oxfam, Barcelona, 2002).

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