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“LO QUE LE REPROCHO A OCCIDENTE es esa propensión que tiene a convertir su conciencia ética en herramienta de dominio”, dice el escritor franco-libanés Armin Maalouf, reciente ganador del Premio Príncipe de Asturias, en una entrevista que publica la revista Arcadia en su última edición.
Maalouf hace profundas reflexiones sobre la crisis económica mundial, las relaciones entre el mundo occidental y el mundo musulmán marcadas por el odio y la desconfianza, la pérdida de norte de Occidente que lo ha llevado a hacer la guerra en varios lugares del planeta, la desintegración y decadencia de algunos países musulmanes, y su conclusión apunta a la incompetencia de la humanidad para desarrollar sociedades solidarias.
Y es esa vocación de dominio y la creencia en una supuesta superioridad moral lo que parece subyacer en el debate que hoy se está dando en Europa sobre el llamado “velo islámico”, un debate que polariza y divide opiniones, y que es más o menos intenso según la cantidad de cuerpo que cubra la polémica prenda que, paradójicamente, no es imposición del Corán y sobre el cual las sociedades musulmanes tienen interpretaciones distintas.
Países como Bélgica, Holanda, Italia, Dinamarca, España y Francia lo han convertido en asunto de Estado, y la tendencia es a prohibir su uso en las escuelas y espacios públicos. Según un sondeo del Financial Times hecho en febrero, más de la mitad de los encuestados de los cinco mayores países de Europa están a favor de la prohibición: en Francia, el 70 por ciento; en España, el 65; en Italia, el 63; en el Reino Unido, el 57; y en Alemania, el 50.
Los prohibicionistas alegan causas nobles: la defensa de la igualdad de derechos y el rechazo al machismo, la sumisión y la opresión que para ellos representa el velo. Los que se oponen dicen que se trata de una señal de fe religiosa y de pertenencia a una comunidad con identidad propia, y que vetarlo es atentar contra los derechos civiles y la libertad de cultos.
En Francia, por ejemplo, donde viven entre seis y ocho millones de musulmanes —la mayor minoría en toda Europa—, el presidente Sarkozy convirtió la prohibición en bandera política. Para él se trata de definir “en cuál civilización se vive”, y la Asamblea Nacional acaba de prohibir el uso en lugares públicos del más radical de los velos: el burka.
Sin embargo, eso que los franceses llaman “civilización” y de lo cual se sienten tan orgullosos, oculta en el fondo un rechazo al mundo musulmán, al que consideran atrasado, y temor a que el Viejo Continente se “islamice”, un temor alimentado por la xenofobia que se exacerbó desde los atentados en Londres y Madrid y más recientemente con la crisis económica mundial que dejó a tantos en la calle.
La polémica está contaminada por prejuicios y estereotipos sobre el Islam, y a su toxicidad han aportado su buena dosis los fundamentalistas que, sobre todo desde la revolución iraní del 79, convirtieron el velo en arma política y en símbolo de resistencia y oposición a Occidente. De ahí que, injustamente, muchos vean en cada musulmán a un terrorista en potencia.
En el debate se mezclan factores religiosos y libertades civiles, y asuntos relacionados con la seguridad y la política. Por eso la prohibición implica mucho más que la reivindicación de los derechos de la mujer. Tiene como telón de fondo el llamado choque de civilizaciones y deja al desnudo a una Europa que, temerosa de seguir perdiendo influencia y poder, actúa en contravía del discurso sobre el respeto por la diferencia, el pluralismo religioso y la diversidad cultural.