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Madres coraje

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Quiero hacer pública mi admiración y respeto por Verónica y Ana, la pareja que lleva varios años luchando ante los tribunales para que Verónica pueda adoptar legalmente a la hija biológica de Ana.

Admiro el coraje que han tenido para dar la cara y exponer su caso ante la opinión (El Espectador, mayo 4), porque coraje es lo que se necesita para hablar con sensibilidad, objetividad y sin prejuicios sobre la homosexualidad, para hablar en voz alta y desafiar tabúes y prejuicios larga y profundamente arraigados en la sociedad, y para luchar de frente y sin temor por el derecho a la igualdad en todos los órdenes. Admiro la dignidad y firmeza con que ellas asumen su orientación sexual y la decisión irrevocable de apelar a los recursos legales para hacer valer su derecho a la adopción, y los derechos de sus hijos de 4 y 2 años, consagrados en la Constitución, como el de tener una familia (artículo 44). Familia en el más amplio y profundo sentido de la palabra, es decir, como el núcleo donde residen los afectos y donde se aprende a proteger y a ser cuidado, a respetar y ser respetado.

Mientras Ana y Verónica esperan que la Corte Constitucional falle la tutela mediante la cual reclaman la garantía de la plenitud de los derechos de sus hijos, el alto tribunal acaba de reconocer la pensión sustitutiva a un cura que convivió con otro sacerdote durante más de 20 años, derecho que el ISS le había negado con un argumento no previsto en la legislación (el celibato obligatorio), y exigiéndoles requisitos con tufillo de discriminación. Más relevante aun es que la Corte reitera que estableció en un fallo similar que la diferencia de sexo entre la pareja no define la familia ni es requisito para su reconocimiento constitucional, y que “el vínculo familiar se logra en diversas situaciones de hecho, entre ellas la libre voluntad de conformar la familia, al margen del sexo o la orientación de sus integrantes”.

Doble y mandoble contra los jerarcas de la Iglesia y nuestro inquisidor de Everfit, el procurador Ordóñez, quienes, Biblia en mano, adelantan una cruzada contra las uniones de personas del mismo sexo y la adopción por parte de estas parejas, basados en principios doctrinales y valores morales de la religión católica que, por respetables que sean, no son verdades universales. La Iglesia y sus legionarios no pueden seguir navegando a contrapelo de los cambios sociales y culturales, ni estigmatizar las relaciones entre personas del mismo sexo como nocivas para la sociedad, insinuando que los homosexuales son más proclives a los delitos sexuales que los heterosexuales; como si homosexualidad y pederastia fueran lo mismo. La realidad los contradice: los principales agresores son los padrastros, los hermanos, los tíos… Y con respecto a la adopción, los contradicen también numerosos estudios que indican que las parejas del mismo sexo son tan aptas para adoptar como las heterosexuales, que no existe relación directa entre la orientación de los padres y la de los hijos, y que los menores que crecen en hogares homoparentales no muestran diferencias de salud o desarrollo psicosocial frente a los que crecen en hogares heteroparentales.

Los cruzados de la moral que ven peligros donde no los hay, deberían dedicarse a mejores causas —a luchar contra los que acechan entre sus huestes de sotana y en las familias ‘ideales’ donde la violencia y el abuso hacen carrera—, y permitir que las anas y verónicas, y pablos y pedros y juanes homosexuales, vivan su sexualidad en forma tranquila, no traumática, y que habiten bajo el mismo techo si les da la gana, y se amen y se acompañen en las buenas y en la malas, en la salud y en la enfermedad, y que adopten hijos si quieren y si llenan los requisitos. Como esas madres coraje que son Ana y Verónica.

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