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Militares en la mesa

María Elvira Samper
08 de septiembre de 2012 – 06:00 p. m.

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La decisión del presidente Santos de incorporar representantes de las Fuerzas Armadas en la mesa de negociación con las Farc enmienda uno de los grandes errores cometidos en los procesos de La Uribe, Caracas, Tlaxcala y el Caguán, a cuyo fracaso contribuyeron, entre otros muchos factores, no solo la falta de voluntad de esa guerrilla, sino también la renuencia y el rechazo de los militares a negociar, entrenados como están para ganar la guerra en el combate y no por medio del diálogo.

En los gobiernos de Betancur, Barco, Gaviria y Pastrana, el desacuerdo entre el Ejecutivo y la cúpula militar sobre el tratamiento del conflicto armado, y la falta de claridad o la incapacidad de los presidentes para insertar a los militares en la lógica de la solución política del conflicto, fueron, precisamente, dos de las razones que atentaron contra el intento de llegar a un acuerdo para el desarme y la reinserción de la guerrilla más vieja del mundo.

La experiencia indica que negociar sin el concurso de los que ponen el pecho es un riesgo enorme, un gran peligro, pues la exclusión los convierte en enemigos del proceso y acaban torpedeando y conspirando contra la posibilidad de poner fin al conflicto. Por el contrario, su participación activa no solo aporta legitimidad a la negociación, sino conocimiento, pues nadie como ellos conoce el conflicto, nadie como ellos conoce al enemigo. Al fin y al cabo, unos y otros son militares, y piensan y actúan dentro de la misma lógica. Es decir, entre militares se entienden.

Como ciudadana del común y optimista moderada sobre la posibilidad de que el nuevo proceso pueda terminar en el desarme de las Farc, me parece un acierto del presidente Santos llevar a los generales (r) Jorge Enrique Mora y Óscar Naranjo a la mesa. Que Mora, duro entre los duros, líder entre sus pares activos, respetado por la tropa y estratega del Plan Patriota, la mayor ofensiva contra las Farc en 40 años, haya aceptado ser parte del equipo negociador, es una señal positiva que, entre otras cosas, debilita la posición de los enemigos de la solución política, encabezados por Uribe, el único de los expresidentes que le apuesta al fracaso del proceso. En cuanto a Naranjo, el colombiano que más conoce las entrañas del monstruo del narcotráfico que, por primera vez, aparece en una agenda de negociación, su prestigio nacional e internacional le suma valor al grupo negociador del Gobierno.

La participación de los dos generales en la negociación no solo marca la diferencia frente a los procesos anteriores, sino que ofrece una doble garantía: en primer lugar para los militares, porque les dan seguridad de que los civiles no van a entregar en la mesa lo que ellos han ganando con los fusiles y a costa de muchas vidas, y en segundo lugar para la guerrilla, porque representan a la contraparte más fuerte del Estado: las instituciones militares y de policía. Y desde un punto de vista práctico, si llega la hora de las decisiones sobre cese del fuego, desarme, desmovilización y situación de los combatientes, sus puntos de vista y su conocimiento serán fundamentales.

John Agudelo Ríos, presidente de la Comisión de Paz de Betancur, dijo alguna vez que el mayor error del presidente fue no conquistar a las Fuerzas Armadas para la paz. Conquistarlas es uno de los grandes retos de Santos y en ese sentido la inclusión de Mora y Naranjo en la negociación es un primer paso.

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