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Miles de personas le dimos el último adiós a Gabriel García Márquez el lunes 21 de abril en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México.
Allí, en medio del inmenso hall de paredes de mármol vinotinto y vetas blancas, bajo la luz cenital de una cúpula clásica y con una enorme foto suya como imagen tutelar, reposaba sobre un atril la pequeña urna de madera de cerezo que guardaba sus cenizas. Evoqué entonces el poema de Quevedo: “serán ceniza, mas tendrá sentido / polvo serán, mas polvo enamorado”.
Porque Gabo fue en esencia enamorado. Del amor y de la vida, su vocación más profunda, incluso más que la de escritor. Enamorado de Meche, como cariñosamente le decía a Mercedes, su mujer, su compañera de vida, su protectora, la que se echó sobre los hombros la tarea de darle tranquilidad para escribir cuando la fama le era esquiva y escaseaba el dinero. Enamorado de sus hijos, Rodrigo y Gonzalo, y de sus nueras y sus nietos, cuya privacidad, como la suya propia, protegía con celo de cancerbero. Enamorado de sus amigos para quienes escribía con el fin de que lo quisieran más.
Enamorado de la música de Beethoven, de Bartók y de Bach, del bolero y el vallenato. “Cambiaría uno o dos libros, no todos, por una buena letra de un bolero”, dijo cuando hace muchos años reveló que había fracasado en el intento de componer boleros al alimón con Manzanero, porque no pudo escribir una letra que rimara con la música. Y confesó también que habría sido feliz de ser el autor del cuarto de sus vallenatos preferidos después de La gota fría, La diosa coronada y la Elegía a Jaime Molina.
Enamorado de México, que lo acogió y lo despidió como a uno de los suyos, y donde tras haber rumiado durante años una historia sintió, como en una epifanía, el latigazo de inspiración que le permitió parir, por fin, Cien años de soledad, la novela que lo instaló en la inmortalidad. Enamorado de Colombia, aunque muchos no lo crean, y en especial de Cartagena que, decía, lo hacía sentirse él mismo, aunque siempre con el margen oscuro de haberse ido tanto tiempo.
Se fue Gabo, el hombre que le quitó el frac al idioma, el que rompió esquemas y protocolos, el que vestido de liquiliqui convirtió en fiesta la acartonada entrega del Nobel y en esa pieza magistral que fue el discurso ante la Academia Sueca habló de la soledad de América Latina y les enrostró a los europeos su ensimismamiento y la incapacidad de sus viejos esquemas para interpretar nuestro mundo, el Nuevo Mundo.
Se fue Gabo, enamorado de la palabra, de la poesía y del oficio de escribir, que ejerció con pasión, con la disciplina de un recluta, la precisión de un relojero, la belleza de un orfebre y la magia del alquimista. El que le permitió transustanciar la realidad en ficción y la ficción en realidad, hacer universal su local Mancondo y convertir en piezas maestras de periodismo aun los temas más simples. El que lo consagró como uno de los grandes de la literatura universal y lo hizo periodista sin igual y gran gurú.
Se fue el inventor de fábulas, el que nunca perdió esa capacidad primigenia y maravillosa de sentir asombro, el optimista irredento que veía luz donde otros veían oscuridad, esperanza donde otros derrota; el que defendió el derecho a la utopía, el que se acercó al poder para desentrañar sus entretelas, el que creía que ante la incapacidad de los hombres para gobernar este país, había que intentar con las mujeres, el que decía que a falta de líderes nos los inventamos, muchas veces mal.
Se fue el gran conspirador de la paz, tal vez el único de sus sueños que no pudo ver hecho realidad. Se fue el que prodigaba afecto sin alboroto, como aleteo de mariposas. Quedan su obra y sus cenizas, que “polvo serán / mas polvo enamorado”.